martes, 19 de septiembre de 2017

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¿Tenéis ganas de leer?
Espero que os animéis a descargar gratis estos relatos. 


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UNA NOCHE DE CINE





SHEILA NO CREE EN EL AMOR





CUANDO EL AMOR ES DE VERDAD





¡Felices lecturas!




martes, 29 de agosto de 2017

Mi reseña sobre "¿No sabes quien soy?" de Chris M. Navarro


Es una historia preciosa de amor y superación.
Su trama está muy bien construida, maravillosamente escrita, fluye de principio a fin, creando el nivel perfecto de interés en todo momento. 
Patricia, la protagonista, tiene una enfermedad "rara" y poco conocida por la cual ha sufrido mucho en su vida. Tras un accidente de coche, su existencia cambió por completo y muchos de sus seres queridos la dejaron de lado al no comprender su modo de verles, literalmente.
Sin embargo, su amiga Paula y su familia siempre la han apoyado y gracias a ellos continúa luchando a diario.
Todo vuelve a cambiar cuando Joel, al que conoce por casualidad, se interesa por ella y persiste a lo largo de los días para conseguirla.
No será fácil para Patricia el imaginarse siendo feliz de muevo, pero cuando saborea esa sensación, piensa que es posible...
Claro que siempre hay muchos obstáculos por superar, y la mejor amiga de Joel no se lo pondrá nada fácil.
Los secretos hacen daño cuando se usan para fines egoístas y caen en malos oídos... pero si no pierdes la esperanza, puedes lograr aquello que siempre quisiste y temiste no tener.

Descubre esta preciosa historia con un final que te sorprenderá, te mandentrá en vilo y te arrancará alguna que otra lágrima.

Mis felicitaciones a Chris.

Puedes adquirir esta novela aquí.

domingo, 27 de agosto de 2017

¿Cuentos de princesas o princesas de cuentos? - Capítulo 3



Capítulo 3

  
Como el galán que solía interpretar que era, cuando así lo deseaba, Bryan se acercó a mi padre, le saludó con un varonil apretón de manos y luego besó en la mejilla a mi madre, que hasta se sonrojó cuando este piropeó su gran belleza. Bueno, no era un halago en vano, ya que ella llevaba un vestido de gala dorado impresionante. También se había recogido el pelo con maestría gracias a nuestra peluquera particular, y lucía como una reina.

En último lugar, se acercó a mí y plantó un frío beso en mi mejilla. Cuando lo deseaba, se comportaba como un idiota. Susurró algo en mi oído que provocó que un escalofrío me recorriera. Y no en el buen sentido.

—Tengo que hablar contigo sobre esa locura de viaje que no puedo permitir que lleves a cabo.

A ojos de cualquiera, parecería que eran los gestos de una pareja normal que se iba a casar, pero sus palabras se clavaron en mi corazón como puñales. ¿Quién se creía que era para darme o no permiso para hacer algo?

Que lo hicieran mis padres, bueno, podía entender que tenían cierto poder sobre mí porque vivo en su casa, pero Bryan no gozaba de ese privilegio. Y mucho me temía que si ahora se tomaba la libertad de prohibirme cosas, más adelante, cuando nos uniera un papel legal, todo iba a empeorar. Al menos para mí. Él estaría encantado de seguir con sus asuntos como siempre.

¿Cómo discutir con alguien que tiene a mi madre de su lado? Yo tenía todas las de perder.

Forcé una sonrisa falsa y allí me quedé, junto a él y a mis padres, y varios miembros del servicio y de seguridad que se mantenían en un segundo plano, dando la bienvenida a los cientos de invitados que eran guiados hacia el gran salón de celebraciones.

Trajes elegantes, vestidos despampanantes llenos de brillantes, y muchas caras conocidas que solo sabían sonreír de manera suave para no arrugarse el cutis, y cuyo tema de conversación iba sobre negocios, totalmente incomprensibles para mí, o sobre los últimos cotilleos y escándalos de personas que solo se hallaban a pocas sillas de distancia.

Ese era el mejor resumen que podía hacer de las fiestas a las que solía asistir más de lo que quisiera. Existían otros modos de verlo, claro, como la de aquellos a los que estos eventos le parecían un sueño, repleto de personajes extraordinarios y en un lugar en el que reinaba la elegancia. El que guardaba en mi interior, solo para mí misma, era que todo aquello era como un cuadro bonito al que me gustaría observar a distancia. A mucha distancia; mientras hacía cosas divertidas con personas normales cuyos intereses no eran superficiales y materialistas.

Estaba harta. Y sentí deseos de llorar allí mientras dejaba que mis conocidos me besaran la mejilla que ya empezaba a sentir hormiguear.

Bryan me tendió su brazo para caminar juntos cuando todos los invitados aguardaban nuestra llegada. No dijo ni una palabra, y yo tampoco. Mis ánimos eran cuestionables, y a su lado, en lugar de sentirme apoyada, me sentía impotente. Tragué un nudo que se formó en mi garganta y traté de fingir que no me llevó de la mano para evitar que estuviera unos minutos esperando a Eliana.

Como las dos éramos conscientes de cómo eran estas interminables recepciones, habíamos hecho un trato: ella llegaba a última hora, y yo esperaba su entrada para así aparecer juntas. Nos ahorrábamos más de una hora de conversaciones aburridas y miradas condescendientes.

De verdad, si las películas de época reflejan una fiel realidad de entonces, la aristocracia londinense no había cambiado tanto como me gustaría. Yo era una excepción, y me sentía orgullosa, sin embargo, a mi alrededor aún había cosas que querría cambiar.

Como lo que creía que estaba a punto de pasar.

—Querida Daisy —empezó con una voz tan dulce como la sal. Siempre lo hacía cuando según él, mis actos no reflejaban mi verdadera personalidad—, me encantaría poder decirte algo que te sacara esa idea espantosa de la cabeza.

—¿A qué idea te refieres?

No le estaba mirando a la cara, pero sabía que sus ojos grises se habían tornado furiosos como una tormenta desatada, y hacía un gran esfuerzo por mantener su rostro inmutable. Su cara de póker era pésima; menos mal que no jugaba. O eso decía.

—No juegues conmigo. Sabes muy bien a qué me refiero —masculló en voz baja.

Mi padre estaba sentado a mi izquierda, presidiendo la mesa principal, y por completo ajeno a nuestra conversación. Mi madre, frente a mí, nos observaba mientras a su lado, la duquesa McLeod les hablaba de algo a los dos. Bryan estaba a mi derecha, y el duque a su lado, de modo que solo podíamos hablar en susurros. Era incómodo y un fastidio total. Sobre todo porque Eliana estaba a punto de llegar y debía levantarme de la mesa, causando curiosidad generalizada.

—Lo cierto es que sí sé muy bien a qué te refieres —dije en voz baja, impulsada por un arrebato de furia que no sabía de dónde había salido—. Y solo me gustaría decirte que espero que no notes demasiado mi ausencia cuando no esté. Seguro que tus muchas actividades te mantendrán ocupado treinta días. Cuando vuelva, seguiremos con los planes de boda. No voy a irme a la guerra, solo a pasar tiempo con una amiga. Y ahora si me disculpas, voy a dejarla pasar a esta increíble fiesta.

Eso último lo dije en voz alta para que todos me oyeran. Mi padre me miró divertido, y asintió antes de lanzarle una mirada de advertencia a Bryan. Aunque no oyó nuestras palabras, me conocía demasiado bien, y sabía que algo me había disgustado.

Casi podía sentir cómo mi prometido se encogía por dentro. No había nadie que le diera más miedo, y respeto, que mi padre.

Fui hasta la entrada sonriendo, sintiéndome poco madura por regodearme.

Nuestro mayordomo, el señor Baker, miró el reloj de pared y me dirigió una mirada expectante. Eliana era puntual siempre, como todo buen inglés.

El llamador sonó cuando el reloj anunciaba las nueve en punto.

Abrió la puerta con su mano enguantada y allí estaba mi amiga. Ataviada con un vestido plateado de encaje y pedrería, estaba más elegante que yo. La abracé y le pedí que dejara el chal a Baker. Quería que exhibiera su preciosa figura, y esos hombros delicados que tenía al descubierto. Estaba guapísima.

—No sabes lo feliz que estoy de verte. Bryan acaba de enterarse de nuestros planes —solté a tiempo que ella me observaba con los ojos muy abiertos a causa de la sorpresa—. Y antes de que digas nada, sí, está muy disgustado.

—No parece que eso te moleste —comentó mientras caminábamos a paso lento hacia el salón.

—Lo cierto es que me divierte. Piensa que voy a dejar de ir porque la idea no le guste. Pues está muy equivocado —musité en voz baja.

Eliana se rió por lo bajo y caminó a mi lado para que la acompañara a su lugar en nuestra mesa. No estaba a mi lado porque la fiesta debía respetar ciertos aspectos del protocolo que ni yo podía saltarme, pero al menos conseguí que estuviera cerca, y junto a Chastity Kennedy, hija de uno de los socios de mi padre, que no poseía título alguno, pero sí una gran fortuna que le daba estatus social. Su marido, Gabe Hamilton, no era un aristócrata común. Tampoco tenía un título nobiliario, pero su familia era muy popular, y era tan antigua como la propia monarquía. Poseía más riqueza y propiedades que muchos de los asistentes. Y ese no era su mejor rasgo, ni hablar. Era el hombre más cariñoso y atento de cuantos había conocido. Le gustaba pasar tiempo con su preciosa mujer, y ahora que estaba embarazada, la trataba como a una diosa.

Bromeábamos con ella a menudo porque era la mujer más consentida de todo Londres. Lo que no era una broma en realidad. Le regalaba flores continuamente, la llevaba a cantidad de sitios divertidos y eran una de las mejores parejas que conocíamos. Creo que incluso mis padres estaban en segundo lugar. Ellos se querían, claro, pero eran más corteses que cariñosos.

Las efusivas demostraciones de afecto no eran normales en mi mundo. No sabía si alguna vez me acostumbraría a ello, claro que no me quedaba otro remedio. Muchas veces me preguntaba cómo de diferente sería haber nacido en otro tipo de ambiente familiar, con mis padres, pero en un entorno diferente, no tan lleno de normas y restricciones. Tal vez con una condición y riquezas de la clase media.

¿Habría sido más feliz? No tenía ni idea.


Volví a mi lugar y la cena dio comienzo a los pocos minutos. Me centré en la comida para no soportar las miradas de soslayo de Bryan. Estaba muy disgustado con mi comportamiento, y estaba segura de que pronto encontraría el modo de hacérmelo notar. Eso le encantaba.

Para un hombre como él, tenerlo todo era fundamental, y era muy consciente de que no me quería, sino que había aceptado el compromiso por el hecho de que algún día, él heredaría el título de mi padre. Seguía pareciéndome muy machista el que recayeran sobre el sexo masculino, la mayoría de las veces. Mi hermano habría sido conde, uno de los buenos, pero como ya no estaba, mi futuro marido sería el que recibiera el premio, como muchos consideraron en su momento. Mis padres tenían en su punto de mira al futuro patriarca de la familia Olson, pero eso no disminuyó las esperanzas de algunos ricachones que consideraron que yo era un buen partido. No es que me considerara fea, pero que me quisieran como esposa solo por el dinero, bueno, eso hacía sentir muy poco deseada a una mujer.

Gracias a mamá, siempre me imaginé que un atractivo caballero me encontraría, me miraría a los ojos, y desde ese momento, bebería los vientos por mí, sin reparar siquiera en el hecho de que iba a ganar mucho más que una esposa cuando se llevara a cabo el matrimonio.

Menudos sueños tenía hace años. Y lo peor era que aún tenía fantasías por el estilo. No creía que tuviera nada de malo que me pudiera enamorar de alguien que se enamorara de mí, y no de la economía familiar. Solo había un problema de los grandes. No estaba libre. Literalmente no lo era, ni me sentía así nunca. Tal vez cuando mi hermano era responsable de su parte del negocio de mi padre y yo solo era la segunda hija, me sentí más independiente cuando hace años, viajé por Europa, pero ahora, digamos que quedaba relegado a un vago recuerdo.

Acabada la comida, llegaron los discursos alabadores para mi padre y su compañía. Los directores hablaron, sus socios más importantes, y cómo no, también lo hizo Bryan.

Se levantó y puso una mano sobre mi hombro, lo que para algunos parecería un gesto cariñoso, yo sabía lo que era en realidad: una declaración de posesión.

—Mi querido Edwin, futuro suegro —añadió, lo que hizo reír a la gente, y no supe por qué—. Hablo en nombre de tu preciosa hija y en el mío, para desearte muchas felicidades por tu magnífica trayectoria en este mundo difícil. Siempre sabes hacer y decir lo correcto —noté entonces una mayor presión en mi hombro y miré a Bryan. Un brillo malicioso intencionado captó mi atención. El mensaje era para mí. Menudo capullo—. Sabes actuar con templanza, con racionalidad y sentido común cada momento, y por ese motivo has llegado a lo más alto. Espero estar a tu altura algún día.

Qué fanfarrón. Todo el mundo sabía que él se haría cargo de la empresa algún día, pero últimamente, lo recalcaba cada vez que tenía ocasión.

Forcé una sonrisa para los cientos de ojos que estaban fijos en nosotros, y aplaudí a la vez que los demás. Tuve la mala suerte de mirar hacia el fondo y ver la mala cara que tenía Eliana. También se había dado cuenta de las intenciones de Bryan, pero creo que fuimos las únicas. El resto le adoraba, y si no le conociera, haría lo mismo.

Bryan era muy atractivo físicamente, con su pelo castaño corto peinado hacia atrás, sus ojos grises y su mandíbula cuadrada. Era alto, esbelto, elegante y directo. Mis padres le adoraban, y pensaban que era el perfecto caballero que me haría feliz, pero eso pensé yo al principio, antes de darme cuenta de que en realidad, jamás tenía gestos románticos o solo atentos conmigo. Al principio sí, por supuesto, porque debía camelarse a mi familia, pero una vez conseguido el compromiso, todo se acabó. Tardé en darme cuenta porque había tenido pocas relaciones adultas duraderas, y solo con el tiempo, empezaba a echar en falta cosas que no tuve jamás. La razón era que algunas mujeres gozaban de esas atenciones en sus relaciones, e incluso Eliana, que tampoco había tenido muchos novios durante largos períodos de tiempo, pero que sí tuvo la suerte de recibir regalos, por pequeños que fueran, que le sacaban una sonrisa. Y mejor no hablar del sexo.

Cualquier pareja disfrutaba de lo que yo tenía restringido. Menudo chasco. En lugar de tener un novio con el que poder compartir intimidad y esas experiencias tórridas y salvajes de las que había oído hablar, me limitada a eso, escucharlas, y leerlas en las novelas románticas.

Poco podía hacer ya para remediarlo, aunque algo sí era una certeza. El día uno de julio estaría subida a un avión rumbo a la aventura. Nadie me lo iba a impedir, ni los discursos con doble sentido de Bryan, ni los intentos de sabotaje de mi madre.

Si mi padre estaba medio convencido ya, había una posibilidad de éxito. Iba a agarrarme a ella como a un clavo ardiendo.

Cuando llegó la hora del baile, mi padre lo inauguró con mi madre como era tradición. Luego bailé con él, y acto seguido, este le cedió el turno a Bryan. Habría preferido bailar con Eliana para ser sinceros. No un vals, claro; eso habría quedado extraño, pero en cuanto mi prometido puso sus manos sobre mi cuerpo, temblé. Y no como me habría gustado.

Su mirada verdosa me taladraba, porque estaba claramente enfadado conmigo.

Casi sentí alivio de verle experimentar alguna emoción. Casi, porque esta vez no era una agradable, y encima iba dirigida a mí.

—¿Has hablado ya con tu amiga para decirle que no puedes ir con ella?

—Bryan, no puedes decidir qué puedo o no puedo hacer. No soy una niña, y no soy tuya. Al menos aún no.
Me dedicó una sonrisa que me dejó helada. Era espeluznante y no sabía por qué. Había algo en ella que carecía de humor y de dulzura. No podía explicarlo.

—Cuando seas mía, todas estas tonterías se acabarán. Te lo prometo —masculló con una voz dulce por fuera, y acerada por dentro.

Quise alejarme de él, pero no me lo permitió. Sonrió para que nadie sospechara, y sus brazos siguieron aferrados a mí como el acero, en su lugar debido, pero inamovibles. Sentí deseos de llorar. ¿Qué le pasaba?

Intenté aparentar una valentía que no sentía en estos momentos.

—No creo que te guste que mi padre se entere de tu comportamiento conmigo.

Una risita genuina escapó de sus carnosos labios que una vez me parecieron perfectos para besar.

—No digas tonterías, querida. Tu padre pensaría que solo lo dices porque estás disgustada por no salirte con la tuya.

Se le veía tan satisfecho, que sentí unos deseos irrefrenables de bajarle esos humos que tenía.

—Si de verdad crees que puedes impedirme hacer este viaje, es que has sobreestimado tus habilidades de vendedor. Pienso ir, y nadie en este mundo será capaz de conseguir lo contrario.

Pude ver que se sentía insultado con eso de “vendedor”, ya que ambos éramos conscientes de que mi intención fue llamarle manipulador nato, y porque en la realidad, él era mucho más que eso, y quería llegar a lo más alto, nadie podría pensar que no ansiaba tocar el cielo.

—Ya lo veremos.

Se lanzó a por mis labios y mi primera reacción fue rechazarle con un guantazo. Menos mal que me di cuenta a tiempo del lugar donde estábamos. Me dejé llevar para intentar acabar lo antes posible, y cuando pude recuperar el aliento, sonreí al escuchar risitas por lo bajo.

Fue mi peor beso con diferencia. No había recibido muchos en mi vida, pero aquel había sido una clara demostración de su poder sobre mí.

Menudo ingenuo, pensé.

Como que el cielo era gris en Inglaterra la mayor parte del tiempo, nadie iba a decidir por mí en este asunto.




¡Disfrutad de la lectura!

¿Cuentos de princesas o princesas de cuentos? - Capítulo 2



Capítulo 2

  
—Qué feliz te has levantado, cariño —dijo mi madre cuando reparó en mi expresión de júbilo.

Me senté frente a ella y pedí café y tostadas. Con la misma eficacia que en todo lo demás, la doncella las sirvió con celeridad, y como cada día desde hacía algún tiempo, yo me serví el líquido humeante. No estaba incapacitada, y me encantaba demostrar que una dama también era capaz de tocar una cafetera de cristal sin que el mundo se acabara en ese preciso momento.

Ver la mueca de desaprobación de mi madre tampoco tenía precio por las mañanas.

—No deberías tomar ese brebaje lleno de cafeína.

Bien, ya empezaba con sus lecciones diarias.

—Buenos días a ti también, madre. Y solo es una taza. Va a ser un día muy largo y necesito algo fuerte. En las cafeterías lo preparan de todas las formas y son una delicia —dije tras dar el primer sorbo.

—Sabes que no me gusta que te codees siempre con tantos desconocidos. Para alguien como tú, es peligroso.

Tan pronto como oí sus palabras, mi mal humor cambió. Sabía que ella solo quería protegerme, y que después de lo que le pasó a mi hermano, su hijo, debía estar con el corazón en un puño cada vez que le decía que iba a salir de casa. Sin embargo, no podía vivir encerrada en mi torre de marfil. También ella debía entender que necesitaba poder respirar. Al igual que ella me hacía ver la tragedia, yo prefería mirarlo de otro modo: la vida era corta, y podía acabarse con relativa facilidad, de modo que había que disfrutar de cada minuto, porque nunca se sabe cuál va a ser el último.

Dejé la taza y miré a mi madre con una mezcla de ternura y determinación.

—Madre, no debes preocuparte —le pedí con suavidad—. Padre me tiene vigilada continuamente con su mejor escolta, y por cierto, Peter es muy bueno pasando desapercibido, porque a veces hasta me olvido de que lo tengo a cada momento pisándome los talones.

—No le llames por su nombre, suena muy vulgar, cielo.

Intenté no reírme, ya que a veces yo misma la irritaba a propósito. Mi madre necesitaba distracciones continuas, porque demasiado a menudo notaba que se volvía loca y nos volvía locos a los demás con su hiperactividad, y empezaba a creer que el día menos pensado, caería desmayada como una dama victoriana en medio de la calle. El gesto lo consideraría elegante, puesto que era una condesa, toda una aristócrata; sin embargo, el hecho de mancharse la ropa no se lo parecería tanto. ¿Y si alguien conocido la veía, o peor aún, y si una foto desafortunada del momento acababa en la prensa, en las páginas de sociedad?

Eso no podía permitirlo.

Preocuparse por mí, por mi buena educación y modales, e intentar convertirme en su joven princesa, le ocupaba el tiempo suficiente como para no volverse chiflada por completo y organizar la vida social de ella, y de cien personas a la vez. Yo lo hacía por su bien, por supuesto. No tenía nada que ver el que para mí también fuera una pequeña distracción divertida diaria.

También exasperante, claro, por sus constantes correcciones, pero ese era otro asunto.

—Bien, el señor Morris siempre está al tanto de mis actividades, y por lo tanto vosotros también, de modo que no hay que dramatizar tanto. Sabes que jamás me pondría en una situación que no pudiera manejar. Tengo mucho cuidado, te lo prometo.

—Sé que eres muy responsable, y una chica hermosa por dentro y por fuera —dijo con la voz teñida de emoción, lo que para ella era una gran demostración de afecto—. Tu padre y yo te consideramos nuestra pequeña princesa, y querríamos protegerte de todo el mundo.

Tragué un nudo que se formó en mi garganta y la miré a los ojos. Unos ojos azules iguales a los míos, afectuosos y a la vez llenos de fuerza interior, valentía, y a la vez vulnerabilidad. La adoraba. No quería decepcionarla jamás, pero con mi nuevo propósito en mente, cogí aire para infundirme ánimos a mí misma. Si quería ser independiente, ser la mujer en la que querría convertirme, debía empezar por ser capaz de conseguir mis objetivos, aunque ahora mismo no se trataba de nada especialmente importante, sino más bien un capricho que no pensaba dejar escapar.

—Mamá, ya no soy una niña. Tengo veinticuatro años, y soy una mujer. No podéis vivir con miedo constante porque me pueda ocurrir algo, porque no será así.

—Tú no puedes saber eso —interrumpió con voz quejica.

Solté un bufido muy poco elegante y mi madre frunció el ceño con delicadeza. Hasta para enfadarse tenía cuidado de no arrugar su sensible tez poco bronceada.

Cambié de tema, porque no quería verme envuelta en esas emociones que siempre trataba de reprimir, y que hoy no podía consentir que me arrastraran al abismo, y después de un poco de charla insustancial sobre nuestros preparativos para la noche, saqué el tema del viaje lo más suavemente que podía. Podría haber intentado encontrar un mejor momento, pero como sabía cuál sería su reacción, lo mismo daba que fuera ahora o dentro de un año. Me preparé para una negativa en rotundidad.

—Madre, Eliana me ha dicho que el mes que viene se irá de vacaciones a Estados Unidos —empecé hablando despacio, para que fuera calando la información en su restrictiva mentalidad—. Después de cuatro años, he pensado que yo también podría viajar, como hacía antes. Hace demasiado que no salgo de Londres.

Me hizo temblar el modo en que levantó su rostro, de un modo tan pausado, que casi parecía un vídeo a cámara lenta. Terrorífico.

Arqueó sus cejas y aguardó a que continuara. No me quedó más remedio que hacerlo. Cuando me miraba de aquel modo, como si intentara disimular que no sabía que estaba siendo manipulada, aunque a la vez, me decía que era muy consciente de ello, me asustaba.

Nunca sabía qué me iba a decir. Era mi madre, y empezaba a pensar que tenía un poder extraño, como el hacerme sentir la peor hija del mundo con solo unas pocas palabras. Ojalá hubiera heredado ese don, porque así me saldría con la mía en más ocasiones.

Además, yo no intentaba manipularla, solo allanar el terreno. Al final me iría, solo que ella aún no lo sabía.

—Me ha invitado a ir con ella —omití el detalle del alojamiento, porque si no era un hotel de cinco estrellas, o alguna de nuestras muchas propiedades, lo tomaría como un escándalo—. La verdad es que tengo muchas ganas de ir, porque quiero disfrutar de un verano diferente. No sé cuándo podré volver a viajar con todo el lío de la boda…

—¿A qué lugar concreto de los Estados Unidos?

—Chicago.

Carraspeó con suavidad y me observó con intensidad.

Empecé a ponerme nerviosa. No quería discutir con ella, pero iba a hacerlo si oía la inevitable negativa.

—¿Cuánto tiempo va a marcharse?

Ya empezaba a hablar en singular. Mal iba. Aunque sonara raro a mi edad, la verdad era que plantarle cara a mi madre, una mujer en apariencia dulce y sensible, era más difícil de lo que nadie podría llegar a imaginarse. Con mi padre, un negociador nato, era más sencillo.

Claro que él solo necesitaba una N y una O para zanjar el tema de forma cortante y definitiva.

—Madre, quiero irme de vacaciones con mi mejor amiga. Estaremos fuera un mes, y luego volveremos a nuestras obligaciones. Hace tiempo que mis viajes se terminaron por decisión tuya y de papá, y estoy cansada de sentirme atrapada aquí.

Mi voz se fue apagando. Aludir al tema de lo que le ocurrió a mi hermano, no era algo agradable, pero ese fue el motivo por el que me trataban de nuevo como a una niña, y debían ser conscientes de que para mí, eso era injusto. Igual que entendí su postura y su decisión, también debían entender, los dos, que soy una mujer que puede hacer las cosas por sí misma.

O al menos eso me gustaba pensar.

—No puedes marcharte ahora. ¿Vas a dejar solo a tu prometido para irte a un país lleno de personas rudas que no saben ni lo que son los modales educados?

—Madre, por favor. Si no puedo hacer nada ahora, ¿podré irme a final de año? —pregunté molesta.

Su mirada se volvió glacial, y supe que no era una buena vía para negociar mi viaje. Reculé, aunque algo tarde.

—Querría tener un poco de tiempo libre, porque más adelante no podré marcharme con los planes de la boda cada vez más cerca —me quejé.

No mencioné lo más obvio: que aún quedaba un año y medio para el gran día, si se le podía llamar así. Cada vez que pensaba en pasar el resto de mi vida con alguien que prefería quedarse en un despacho a hacer cosas divertidas conmigo, me entraban ganas de tirarme del pelo.

Saborear los pequeños placeres de las personas normales con vidas normales, como ir al cine, o a tomar una cerveza con amigos mientras veían los deportes, me habían abierto los ojos a un mundo nuevo, por completo distinto al mío.

Una nueva oleada de determinación me envolvió. Tenía que hacer ese viaje, y si mis padres se ponían pesados con negármelo, me escaparía. No deseaba darles un disgusto semejante, pero no me quedaba otra. Podía sentir que mi corazón latía deprisa ante la sola idea de pisar suelo extranjero por primera vez en años. Deseaba con ansias poder hacer cualquier cosa sin sentirme vigilada continuamente.

Intenté respirar con normalidad para evitar sufrir un ataque de ansiedad. ¿Tan difícil de entender era que a mi edad, quisiera pasar tiempo con mis amigos, fuera del círculo de siempre?

Mi existencia era tan aburrida últimamente, que me sentía una anciana. Mis padres tiraban de los hilos, y yo me dejaba llevar a galas, fiestas tediosas y eventos que solo disfrutaba si Eliana me acompañaba, porque podíamos criticar a la gente que iba y venía, tan rígida que parecía que llevaban un palo metido por el culo.

Cómo me gustaba su humor.

—Tu amiga puede hacer cuanto se le antoje, pero tú no eres como cualquier persona. Tienes grandes responsabilidades, y una imagen que conservar. Recuerda que lo que hagas, repercute en toda la familia, en el propio negocio de tu padre. ¿Quieres ver arruinado todo eso?

Abrí la boca como un pez. Cuando me di cuenta, la cerré y me mantuve en silencio. Claro que pensaba en ello, porque jamás podría olvidarlo. La gente se piensa que nacer con ciertos privilegios, le resuelve la vida, y una tiene el poder de hacer cuanto quiera, como quiera, y cuando quiera. La realidad era bien distinta.

Cómo entendía a la princesa Jasmín, de Aladino. Bueno, yo no soy de la realeza, pero al igual que ella, solo deseo volar libre. En un avión rumbo a América, a poder ser.

En ese momento se me ocurrió una idea. Podría cambiar de imagen, y fingir ser solo una turista más para no tener problemas una vez llegara allí. Nadie tenía por qué reconocerme, ya que tampoco es que sea famosa ni nada por el estilo. Sin embargo, ese miedo, comprensible por otro lado, que sienten mis padres porque me pudiera ocurrir algo, se acabaría si nadie sabía mi verdadera identidad. Volar con el jet privado de papá eliminaría otra parte del problema.

Otra cuestión era si bastaría para convencerles. Si no podía con mi madre, mi padre sería un hueso imposible de roer.

Qué impotencia.

—Madre, salir de Londres no fue un problema durante años. Siempre he sido responsable, y creo que he demostrado que soy capaz de mantener una imagen pública impecable. No voy a dejar que eso cambie —prometí con mi mejor cara de inocencia incorrupta—. Por favor. Cuando me case, todo cambiará. Solo quiero unas pequeñas vacaciones. No me va a pasar nada.

Dejé el sedal expuesto, esperando a que cayera y picara. No me decepcionó.

—Dos señoritas viajando solas a un país donde el vandalismo es tan natural como su desconcertante devoción por las armas de fuego —dijo con desprecio en cada una de sus palabras—. Jamás lo permitiré.

—Si eso es lo único que te preocupa, puedes enviar a Pet… al señor Morris con nosotras. No me hace gracia, pero entiendo tu preocupación —aludí con mi mejor tono comprensivo.

Dejó la taza de té a medio camino de sus labios y me escrutó. Sabía que le tendí una trampa y que había caído sin remedio.

Negó con la cabeza, tomó un sorbo y dejó la taza sobre el platillo con suavidad.

—Ya te he dicho lo que pienso y no cambiaré de opinión al respecto. Consulta con tu padre el tema si lo deseas, pero dudo que él te dé la respuesta que buscas.

Zanjó el tema de tal modo que hasta me dolió.

Al mismo tiempo que ella pensaba que todo estaba dicho, mi determinación aumentó. No iba a dejarlo así como así. De eso ni hablar.

—Ni esta noche, ni tampoco mañana, tengo intención de sacar el tema de nuevo —aseguré para que se quedara tranquila al menos unas horas—, pero lo hablaré con él, por supuesto.

Sabía lo cabezota que era desde que nací, como también esperaba que dejara el tema de una vez. Llevaba demasiado tiempo saliéndose con la suya en todo, pero esto lo deseaba de corazón, y no pensaba rendirme. Jamás.


A las ocho de la tarde, ya estaba lista para la celebración. Mi pelo recogido en un moño elaborado, era el colofón del resto del conjunto; llevaba el vestido verde de tirantes con la falda vaporosa haciendo hondas a mi paso, tenía puestos unos pendientes, colgante y una pulsera de diamantes, y un maquillaje muy sutil. Mis sandalias de tacón grises con piedras brillantes, repiqueteaban en el suelo de mármol, cuando bajé la escalera enmoquetada, y luego al llegar al primer piso.

Me sentía maravillosa por fuera, preciosa y sofisticada, y sin embargo, por dentro, estaba furiosa, y triste por el hecho de que mi madre no hubiera sido capaz de cerrar la boca con el tema del viaje. Al menos hasta después de que todo se tranquilizara. Era la noche de mi padre, y mañana un día en el que solo quería recordar a mi hermano. No lo entendía.

Mi padre me dio un beso en la mejilla cuando me dirigí a la entrada de casa para recibir a nuestros invitados, y me habló bajito para que el personal del servicio y los de seguridad no nos oyeran.

—Tesoro, tu madre me ha hablado de ese plan espantoso que tienes para julio. No me parece una buena idea que viajes a Estados Unidos sin nosotros, y menos si no es para quedarte en Nueva York, en nuestro piso. Es un país peligroso para dos jóvenes hermosas como vosotras. No deberías haberlo pensado siquiera.

—Papá, te aseguro que quise esperar a pasado mañana para hablar del asunto con tranquilidad —solté entre dientes—. No tengo intención de visitar todo el país en busca de aventuras, solo de viajar unos días con una amiga, y pasarlo bien. Necesito unas vacaciones; un tiempo para mí.

Mi voz había sonado quejumbrosa, y creo que en ese momento mi padre notó qué era lo que me ocurría. No dijo nada, y no me soltó una prohibición como habría sido lo normal en él cuando algo no le gustaba en absoluto.

Su mirada era tierna, sus ojos castaños, dulces.

—Puedes dejarme tu jet y a mi guardaespaldas particular, y sabrás dónde estoy y qué hago en todo momento. Solo… no me digas que no —le supliqué con la voz quebrada.

Noté que en ese momento se ablandó por completo. Una pequeña sonrisa asomó a la comisura de sus labios, y supe que había ganado la batalla.

Mi padre, ese hombre poderoso, rico, y con una voluntad de hierro, que ostentaba un título nobiliario y no era conocido por ser un blando en los negocios, estaba a punto de caramelo.

Es decir, hasta que nuestro mayordomo abrió la puerta y por ella apareció Bryan, y por su expresión dura, supe que iba a tener que luchar contra ese inquebrantable muro que no cedería. Giró su mirada hacia mi izquierda y mi madre hizo acto de presencia. La complicidad entre ellos era más que evidente.

Genial, había sido ella la que le había llamado para contárselo, y por otro lado, ¿quién más podría ser?

Qué fiesta más larga iba a resultar. Menos mal que Eliana no tardaría en llegar, o no sería capaz de soportarlo.


¡Disfrutad de la lectura!


martes, 22 de agosto de 2017

Conoce a los personajes de mi nueva novela

¿Os apetece conocer un poquito más de Daisy y Orlando?







Aquí os dejo la sinopsis y book trailer:

¿Quién dice que en todos los cuentos tiene que haber una princesa indefensa, con una vida maravillosa, viviendo en un castillo, e inmersa en una interminable búsqueda de su príncipe azul?
Desde luego, no todas las mujeres del mundo sueñan con el hombre perfecto y una vida de color de rosa (fucsia o violeta, según el gusto de cada una); pero las que sí lo hacen, a menudo sufren desilusiones y acaban por aceptar que la perfección no existe por más que nos empeñemos en encontrarla. Ni tampoco los príncipes azules.


Daisy Sophia Isabel Olson es una joven de 24 años que pertenece a la clase alta de Londres. Es inocente, un poco infantil, y la persona más generosa que se haya conocido. Sin embargo, a su corta edad, ya ha conocido mundo, y también la tragedia.
Desde que perdió a su hermano, su familia la protege en exceso, y lo único que ella quiere es saborear la libertad antes de someterse al yugo matrimonial.
En su viaje a Chicago, en el que acompañará a su mejor amiga Eliana Campbell, intentará olvidar los recientes acontecimientos que ponen su vida en una encrucijada.
También conocerá a Orlando Cooper; ex jugador de la NFL que regenta un gimnasio exclusivo junto a un socio que lleva un bar de moteros, y con quien saltarán chispas desde el principio.
Estas dos chicas londinenses están a punto de verse envueltas en unas complejas aventuras que les acarrearán algunos problemas… pero, ¿será tan malo correr los riesgos?

Disponible en amazon en exclusiva, en formato kindle y tapa blanda. 



Espero que disfrutéis de esta historia que te hará sentir en todo momento.

¡Felices lecturas!