viernes, 18 de agosto de 2017

¿Cuentos de princesas o princesas de cuentos? - Prólogo



Prólogo



A pesar de la gran ocasión que se celebraba, no podía evitar sentirme un poco decaída.

Desde fuera, cualquiera podría pensar que mi vida era perfecta, de cuento de hadas, como suele decir mi madre a menudo, pero desde dentro, la cosa se veía de otro modo. O al menos eso me ocurría a mí.

Miré por la ventana de mi habitación, situada en el gran palacio al que irónicamente llamábamos casa, donde residíamos de manera habitual en Londres, y desde donde podía ver un trocito de Hyde Park. Deseé poder estar bajo los escasos rayos de sol de los que ya podíamos disfrutar, pero no; me tocaba estar viendo vestidos que costaban miles de libras mientras mi madre cacareaba feliz como una gallina con sus polluelos. Más bien polluelo, ya que desde hacía cuatro años, yo era la única heredera de la fortuna y títulos de mi familia.

Algunos necios pensaban que tenía suerte por ser la futura condesa de Clarenston, y sin embargo, ninguno se paraba a pensar en que la pérdida de mi hermano, el mejor amigo que todo el mundo desearía tener, fue lo más trágico que ocurrió en mi acomodada y “perfecta” vida de la alta sociedad británica.

En solo dos días, el tres de junio, era el aniversario de su muerte, y coincidía, con solo unas horas de diferencia, con el aniversario de la empresa que mi padre fundó veinticinco años antes.

No era casualidad, claro.

Edwin Theodore Olson, no era solo mi padre y actual conde de Clarenston, sino el creador de una gran empresa de inversiones (de las cuales yo conocía tan poco), miembro activo de la cámara de los lores, y uno de los hombres más ricos de Gran Bretaña. Eso le había acarreado algunos enemigos, como el ex socio que tras su despido, quiso hacerle sufrir, y que acabó por borrar de la faz de la Tierra a un ser inocente y bueno.

No me hubiera importado olvidarme de todo lo que mi familia me había enseñado y haberle dado su merecido personalmente y de algún modo que habría requerido algo de fuerza física de la que yo carecía, pero por suerte, si es que se le puede llamar así, la policía pudo capturarle y el culpable estaba en la cárcel desde entonces. Había sido rápido, ya que al parecer no era tan listo como se creyó, y las evidencias le señalaron con claridad. Se había hecho justicia, pero aún con todo, eso no nos devolvería a Colin. Nada lo haría.

Suspiré con pesar, y una vez más, me di cuenta de la frívola vida que llevaba.

Brittany Alexander era la mejor personal shopper de toda Inglaterra. Era diseñadora y una eminencia en la moda, y allí estaba, sentada en un diván, esperando a que me decidiera por un vestido para la gala que llevaba ya dos años sin celebrarse. Este habría sido el tercero de no ser por su relevancia.

A mi padre no le había importado cancelarla de por vida, pero mi madre, que se había convertido en una mujer imparable desde aquella tragedia, no lo habría permitido. Cada uno de nosotros creó un mecanismo de defensa para llorar la pérdida, y mientras mi padre se centraba en el trabajo, ella se dedicaba a ir a todos los partidos de polo, tenis, obras benéficas, subastas de arte y otras tantas miles actividades sociales a las que nos invitaban sin parar. Yo me escaqueaba cuando podía, al igual que él, pero muy a menudo nos veíamos arrastrados por nuestra querida y temida Violet Eleanor Marie Olson. Hasta su nombre imponía; y eso que era mi madre…

Parecía delicada y frágil, con esa constitución delgada de piel de porcelana y cabello castaño. A diferencia de mi padre que tiene los ojos marrones, ella los tiene de un azul intenso, como yo. Mi hermano había heredado el porte aristocrático de mi padre, y sus ojos oscuros. Yo era clavada a mi madre, aunque a mis veinticuatro años, casi me veía como una muchachita.

Había visto mundo y viajado durante años por Europa, pero desde que la tragedia sacudió a mi familia, todo cambió para mí.

No puedo salir sin escolta y las actividades que según palabras de mi madre, “pueden causarme algún daño o ponerme en peligro”, han quedado del todo prohibidas. En resumen: mi vida es un aburrimiento, tediosa y sin sabor, por más que intento buscarlo.

Aunque parezca extraño, mi único consuelo es un orfanato que ayudé y acabé de restaurar hace algo más de un año. Buscando un sentido a mi vida, encontré el lugar más destartalado que jamás soñé ver. Finsbury Park no era una zona muy recomendable de Londres, y yo ni debería haberme acercado por allí, pero en un vano intento de escapar de las garras lacadas de una madre sobreprotectora, decidí que en mi querida ciudad debía haber un lugar en el que sentirme a gusto en el peor momento de mi vida. Caminé sin cesar hacia la zona norte de la ciudad y topé con lo que en ese momento consideré mi destino. En mi cabeza se iluminó un rótulo con las palabras: debo ayudar a los niños. Y no me lo pensé dos veces. Llamé a la puerta y una jovencita no mucho mayor que yo abrió. Se quedó estupefacta cuando me miró, y no tardé en darme cuenta de lo que debió pensar en ese instante, ya que una semana después del entierro de Colin, yo aún llevaba luto, como era de esperar, y mi aspecto algo apagado y refinado debió imponer más de lo que imaginé.

Hablé con la directora, que en ese momento era el papel que desempeñaba una joven asistente social, y no recibí la respuesta que esperaba. Al igual que yo, también aquel lugar pasaba por un mal momento, ya que no había nadie que pudiera o deseara hacerse cargo de él. Lloré cuando las escuetas y ásperas palabras de aquella mujer me lo hicieron saber.

—Quiero devolver la vida a este lugar. No importa lo que cueste.

—¿Extendería un cheque en blanco así sin más?

Era más que evidente su escepticismo, y también, que no me creía ni por asomo.

Me aclaré la garganta e intenté parecer confiada, lo que en ese momento me resultaba difícil, porque por una vez, y no siendo ninguno de mis padres el causante, era mi interlocutor el que me estaba achantando.

—Me gustaría ayudar, eso es todo.

—La obra benéfica de una niña rica que no sabe qué hacer con su tiempo, ¿no es así? —inquirió con la voz aterciopelada que revestía el acero más afilado.

No sabía su nombre en aquel momento, pero sí conocía a la gente como ella. Despreciaba a la clase alta, a los que se supone que son privilegiados y llevan una vida cómoda, y no podía culparla, desde luego. Tampoco se la veía como alguien sin recursos, porque vestía un vaquero oscuro de marca, zapatos de tacón algo sencillos para mi gusto, y un suéter fino de color beis sin desgaste alguno. Su cabello rubio le llegaba a los hombros y sus ojos azules eran decididos y algo desafiantes. Me caía bien, aunque yo no le hubiera causado el mismo efecto a ella.

No en ese momento al menos.

—No me importa lo que pienses de mí, la verdad, pero aquí lo que cuenta no es mi intención, o lo que crees que pretendo, sino el hecho de que puedo contribuir a mejorar la calidad de vida de los niños que no han tenido la suerte de nacer en un bonito hogar con su familia.

Sus ojos me taladraron, sin confiar en mí o en mis palabras. Podía verlo, sentirlo. Se levantó de la silla tras el escritorio de madera maciza lleno de papeles y carpetas, y me extendió la mano con educación. Creí que me echaría de allí con unas pocas palabras de agradecimiento y que no volvería a saber de ella.

Estaba equivocada.

Formó una sonrisa apenas perceptible y me advirtió algo antes de decirme su nombre.

—Sé quién eres, y también conozco la obra social que hace tu familia, por eso creo que no mientes sobre tus intenciones —dijo con suavidad y a la vez con cautela—, pero si te echas atrás, procuraré que la prensa se te lance como una jauría de perros hambrientos callejeros.

Sonreí.

—Soy Eliana Campbell, por cierto.

Le estreché la mano y ambas supimos que desde entonces seríamos amigas.

Gracias al cielo, aquel lugar deprimente, oscuro, y carente de cuidados, ahora no era ni la sombra de lo que fue. Ahora era un verdadero refugio, un hogar.

Cuatro años más tarde, Eliana y yo seguíamos en contacto; éramos buenas amigas, nos ayudábamos en todo, y yo continuaba necesitando llamarla por teléfono para contar con su apoyo.

Me sentía bloqueada.

Al día siguiente debía presentarme ante un montón de personas influyentes en el mundo de los negocios, y debía parecer toda una princesa, como decía mi madre, de modo que no podía posponer más la elección de mi vestido de gala.

No obtuve respuesta de mi mejor amiga, y supuse que estaría muy liada. Respiré hondo y miré a Brittany para pedirle ayuda. Se le iluminó el rostro al ver que mostraba el mínimo interés en mi futura vestimenta. Me mostró uno a uno los preciosos y elegantes vestidos, y realzó sus muchas virtudes, aunque yo solo veía telas exquisitas bien confeccionadas. Menudo derroche.

Habló sin parar durante casi media hora, y al final opté por un vestido de gasa de color verde claro con tirantes y brillo en la parte superior; era un corpiño con pedrería por todas partes, que realzaba la silueta, y una falda suelta y voluminosa. Me lo probé para que pudiera sacarme una foto y enviársela a mi madre, que ya estaba de los nervios por mi tardanza y comprobé que mi reflejo en el espejo me devolvía la imagen de una chica que no era feliz. Mi forma de pensar había cambiado mucho en cuatro años, y lo que antes me volvía loca de placer, como ir de compras y estar siempre fabulosa para que las revistas de moda más importantes me sacaran con mi mejor aspecto, había dejado de importarme en lo más mínimo.

No era capaz de descuidar el exterior, por supuesto, o mi familia se vería arrastrada por la vergüenza y el escándalo, pero mis ansias de diversión y de actividades vacías, se tornó en una verdadera preocupación por los demás, y por las obras benéficas que no dejaba de financiar con una fortuna que me pesaba en lo más hondo de mi corazón. Quería dejar mi huella en el mundo por algo bueno, que mereciera la pena, y no por ser una tonta bonita que sabía posar y gastar dinero en bobadas.
No es que fuera nada de eso, pero la mayoría sí que me veía de ese modo, a pesar de que había ido a la universidad, y mis aficiones eran más que ir de tiendas y codearme con la élite del país.

Además, en un año y medio, todo mi mundo giraría en un sentido muy diferente, de modo que quería hacer algo que deseaba de corazón antes de convertirme en la señora de Bryan Morgan, el mayor socio de mi padre.

Era el soltero más cotizado de Inglaterra, y al poco tiempo de empezar a trabajar para la compañía Olson, se fijó en mí. Yo me sentí como en una burbuja, por supuesto, porque después de varios terribles desengaños amorosos de hombres que solo parecían caballeros, había logrado captar la atención de uno que lo era de verdad.

Mi familia conocía a la suya, y aunque ellos no eran tan conocidos en los círculos más altos, sí merecían cierto reconocimiento. Eran una familia antigua y respetada, por lo que consideraron que era muy buen candidato para ser mi marido. Sí, así es; a los dos meses de conocernos, y habiendo intercambiado apenas unas pocas frases, me habían envuelto en un compromiso concertado.

Una cosa anticuada que en un primer momento no me molestó en lo absoluto, pero que poco a poco me hizo pensar que estaba atrapada; literal y metafóricamente hablando.

Antes eran mis padres los que controlaban cada paso que daba, y ahora, bueno, era Bryan el que con solo una mirada, lograba imponer su opinión por encima de la mía.

Eso me recordó que también necesitaba su opinión sobre mi vestido. Y si bien era cierto que no le gustaba que le molestara con mis asuntos mientras estaba en la oficina, si el motivo era el que le diera la oportunidad de controlar algún aspecto de mi vida, no era tan reacio.

Su valoración positiva por mensaje me molestó más de lo que imaginaba.

—¿Hay algún problema, querida?

Me giré hacia Brittany, confusa por su pregunta, y me di cuenta de que tenía el ceño fruncido. Vi como mi expresión se relajaba y el espejo mostraba a la misma Daisy de siempre. La verdad es que empezaba a aborrecer mi propia actitud conformista.

—Todo bien. Bryan está encantado con el vestido —dije, aunque estar “encantado” era algo demasiado efusivo para la actitud de mi prometido—, y estoy segura de que mi madre lo estará también.

—Bien, eso espero. Fue ella la que pre-aprobó todos estos vestidos que traje para ti —señaló el perchero que había traído consigo.

Sonreí por educación, pero por dentro estaba que echaba chispas. ¿No podía hacer nada por mí misma sin que todo el mundo estuviera en medio, decidiendo mis propias decisiones? Si es que podía llamarlas propias…

Desde pequeña, había hecho cuanto me ordenaron, como una buena hija, y de mayor, aunque contaba con algo más de libertad, lo cierto era que todo lo que hacía, era bajo la estricta supervisión de mis padres. Hace ya dos años que estoy saliendo con Bryan, casi el mismo tiempo que llevamos prometidos, y ahora solo nos queda un año y medio para nuestra unión oficial. Entonces será él quien tome las decisiones por mí, pensé.

Cada vez que mi madre me decía que las cosas simplemente eran así, que eso era lo que una buena dama decía hacer, me enfadaba un poco más. Por dentro, claro.

¿De verdad iba a dejar que todo el mundo controlara mi vida, o sería capaz de hacer algo para ser yo misma?

Sonreí a mi reflejo en el espejo de cuerpo entero. Mis ojos me devolvieron un brillo de desafío y me sentí más valiente que nunca.

Tal vez las princesas de los cuentos de hadas y fantasías no desafiaran a sus familias, ni tampoco al príncipe azul, pero en mi propio cuento, quería ser una princesa que luchara por su felicidad, ya que los demás solo pensaban en sus propios intereses.

Después de algunas experiencias pasadas, los buenos chicos a veces demostraban ser unos auténticos canallas egoístas e irrespetuosos. ¿Podría la regla aplicarse a la inversa?

Si era lo bastante valiente como para buscar a un chico malo, ¿acabaría descubriendo al hombre de mis sueños?

Lo medité un instante antes de comprender que eso no podía ser. Me gustara o no, estaba prometida, y por mucho que quisiera, no podía deshacerlo.

Esa certeza despertó algo en mi interior. 



Espero que os haya gustado mucho. 
Podéis leer los primeros capítulos gratis también en amazon. Y os recuerdo que esta novela está disponible en formato kindle y tapa blanda. También gratuita con Kindle Unlimited. 

Aquí os dejo los enlaces





sábado, 5 de agosto de 2017

¿Cuentos de princesas o princesas de cuentos?

¡Ya a la venta!

Espero que os guste la portada de esta novela romántica con toques de humor y aventuras donde todo puede pasar...

Disponible en formato kindle, kindle unlimited, y pronto, en tapa blanda.


Aquí está la sinopsis:


¿Quién dice que en todos los cuentos tiene que haber una princesa indefensa, con una vida maravillosa, viviendo en un castillo, e inmersa en una interminable búsqueda de su príncipe azul?
Desde luego, no todas las mujeres del mundo sueñan con el hombre perfecto y una vida de color de rosa (fucsia o violeta, según el gusto de cada una); pero las que sí lo hacen, a menudo sufren desilusiones y acaban por aceptar que la perfección no existe por más que nos empeñemos en encontrarla. Ni tampoco los príncipes azules.


Daisy Sophia Isabel Olson es una joven de 24 años que pertenece a la clase alta de Londres. Es inocente, un poco infantil, y la persona más generosa que se haya conocido. Sin embargo, a su corta edad, ya ha conocido mundo, y también la tragedia.
Desde que perdió a su hermano, su familia la protege en exceso, y lo único que ella quiere es saborear la libertad antes de someterse al yugo matrimonial.
En su viaje a Chicago, en el que acompañará a su mejor amiga Eliana Campbell, intentará olvidar los recientes acontecimientos que ponen su vida en una encrucijada.
También conocerá a Orlando Cooper; ex jugador de la NFL que regenta un gimnasio exclusivo junto a un socio que lleva un bar de moteros, y con quien saltarán chispas desde el principio.
Estas dos chicas londinenses están a punto de verse envueltas en unas complejas aventuras que les acarrearán algunos problemas… pero, ¿será tan malo correr los riesgos?




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miércoles, 19 de julio de 2017

Nuevas reseñas de la bilogía, la historia de Luna y Adrián

Quiero agradecer a Minny que organizara la lectura conjunta de la bilogía, y el relato que escribí como broche final para la historia de Luna y Adrián. 

Estoy muy contenta porque haya gustado tanto, así que mando un abrazo muy fuerte a las chicas, y espero poder repetir la experiencia muy pronto. Sois fantásticas.

PRIMERA PARTE


El amor llega cuando y con quien menos lo esperas. Luna García está a punto de descubrirlo en sus improvisadas vacaciones con su mejor amiga Tania, que es como una hermana para ella.

Luna renunció a los hombres cuando Hugo, el amor de su vida, sufrió un terrible accidente, tras el cual murió. Lo era todo para ella, pero contra el destino no se puede luchar y Luna lo aprendió por las malas.

Durante el último año ha descubierto muchas cosas sobre sí misma y sobre Hugo. No todas son agradables y hasta que no estuvo sola no fue capaz de darse cuenta, por lo que tiene claro que el hombre ideal no existe y desde luego no va a conformarse con alguien que no la merezca. Su listón está muy alto y no tiene intención de ceder ni un milímetro.

¿Pensará lo mismo cuando esa persona aparezca por fin en su vida?



Podéis ver las reseñas en amazon.





SEGUNDA PARTE


El inicio de una relación puede ser increíble si es con la persona adecuada; con pequeños altibajos, pero sin duda, emocionante.
Después de un verano de ensueño, Luna y Adrián tendrán que afrontar que sus vidas no volverán a ser las mismas. Será inevitable.

Uno de los detonantes del fracaso de las relaciones suele ser la distancia, ya que ello da lugar a desconfianzas, inseguridades y miedos, que ponen a prueba los sentimientos de ambas partes. Si además una tercera persona hiciera lo imposible por separarles, la cosa podría ponerse fea.

¿Qué ocurrirá con su reciente noviazgo cuando empiecen a surgir problemas por varios frentes? ¿Ese amor les unirá más, o les acabará separando de manera definitiva?











RELATO FINAL









¡Felices lecturas!

martes, 4 de julio de 2017

Amor a fuego lento - Fragmento capítulo 14



[...]
Se sentaron a la mesa para disfrutar de una comida muy especial a base de canapés, ensaladas de marisco, y langosta como plato principal. De postre tomaron un helado casero de canela buenísimo, y cuando Ashley y Gérard fueron a por la tarta, con una vela en el centro, todos empezaron a cantar el cumpleaños feliz.

Cuando acabaron de aplaudir, Ashley le preguntó a Gérard si quería decir unas palabras, pero le veía tan nervioso, que al final fue ella misma la que habló.

—Hoy es un día muy especial —empezó. Para sus adentros se dijo que tal vez sería el último, pero se guardó esa información, aún con pesar, hasta que no supiera que era decisivo—. Ha sido un placer conoceros a todos, y estar trabajando esta semana a vuestro lado. Espero seguir haciéndolo, claro —bromeó riéndose, lo que hizo que todo el mundo la imitara, incluidos Donovan y Paloma—. Y Olivia, eres una mujer extraordinaria —declaró sin dejar de mirarla—, espero que consigas todo aquello que desees, porque te lo mereces. Y no lo digo porque es una frase bonita y quiero que mi discurso quede bien, sino porque a pesar de que te conozco desde hace muy poco tiempo, sé que eres una persona hermosa por dentro y por fuera. Brindemos por la homenajeada —levantó su copa con champán y todos hicieron lo mismo.

Había conseguido emocionarla de nuevo, pero Ashley vio en su mirada, que esta vez eran lágrimas de felicidad.

—Y debo informarte de que la idea de la tarta fue de Gérard, que ha hecho un trabajo increíble. Estoy segura de que os encantará a todos —anunció Ashley.

Le dedicó una breve mirada y vio que este se sonrojó con violencia y se rió con evidente nerviosismo. Olivia estaba emocionada y sorprendida por su regalo.

—Hubiera sido incapaz de hacer la tarta yo solo —aclaró en voz baja—. Ashley se encargó de la mayoría del trabajo —admitió.

—Eso me encaja más —bromeó Olivia entre risas.

Todos se divirtieron con la burla cariñosa de la cumpleañera, pero las amigas de Ashley les observaban sin perder detalle de sus intercambios de miradas. No podían evitar rehuirse el uno al otro, y tampoco el lanzarse miradas de soslayo cada vez que ambos creían que nadie les observaba.

Cuando se volvieron a sentar a la mesa para disfrutar de la deliciosa tarta de chocolate de tres capas, Erika no pudo aguantar más y le preguntó de la manera más directa, la que acostumbraba.

—¿Ha pasado algo con Gérard? —inquirió en voz baja.

Jenna estaba a su otro lado y ambas estaban inclinadas hacia ella para evitar ser oídas.

Ashley carraspeó incómoda.

—No sé de qué demonios habláis —dijo en voz baja, fingiendo indiferencia.

Puso cara de circunstancias cuando sus dos amigas empezaron a reírse por lo bajo y a cotillear como si no estuviera presente.

—Te lo dije, no paran de mirarse.

—Sí, es ese momento violento después del sexo.

—Seguro.

—¿Ves que no para de mirarla todo el rato?

—¿Ves que ella tampoco?

—Se han acostado y no nos lo quiere decir.

—Qué mala amiga…

Y así estuvieron un rato hasta que Ashley se dio por vencida y se cansó de sus cuchicheos. Si al menos no estuviera sentada en medio de las dos, podría haberlas ignorado más fácilmente, pero sus amigas sabían bien cómo sonsacarle información cuando querían. La habían acorralado a propósito.

—Bien chicas. Sesión de cotilleo terminada. Reunión en mi habitación en quince minutos —bromeó con la cara más seria que pudo poner.

Las chicas chocaron los cinco en sus narices y al final concluyeron su plan para averiguar la verdad. Ashley sonrió. Lo cierto era que se moría de ganas de contarles todo con pelos y señales, aunque le daba miedo lo que pudieran decirle. Que era un error y todo eso. Pero eran sus amigas; solo querían protegerla, y que no sufriera.

No iba a pasar nada, se dijo. Gérard y ella eran adultos, y no tenían por qué complicar algo que no tenía por qué serlo. Sería solo sexo, y cuando llegara el final del programa, se dirían adiós y cada uno volvería a su vida. Ella a Miami, muy lejos de España.

Simple.



Tal y como había imaginado, sus amigas, se sorprendieron por lo ocurrido, aunque no tanto como esperó. Le preguntaron cosas de lo más íntimas y Ashley no dudó en excederse en detalles. Eran sus amigas, y lo cierto era que jamás habían tenido problemas para contar ese tipo de cosas. Pasaron la tarde allí tiradas en la cama de Ashley, cotilleando, escuchando música y tomando café.

El resto estuvo un rato en la piscina y luego viendo una película. Habían quedado todos en montar una pequeña fiesta después de la cena, por lo que tenían el resto de la tarde para hacer cuanto quisieran.

Donovan y Paloma salieron de la casa para estar a solas, y Ashley supuso que irían a la casa de ella, aunque tampoco iba a preguntar. Ahora que todos sabían que no estaban juntos, no tenían que andar a hurtadillas, lo que era un descanso para ambos a decir verdad. Ya no tenían que fingir que estaban casados, y que las salidas de Donovan y su nueva novia eran por trabajo. Aunque aún les miraban con cierto discreto asombro, Ashley no podía culparles, porque aquello parecía casi una serie dramática de televisión. Solo esperaba que con el tiempo todo ese revuelo se olvidara, y sus vidas dejaran de ser un circo mediático. Se trataba de su vida.

Empezaron a arreglarse para la cena y las chicas fueron a sus habitaciones para ducharse. Más tarde se volvieron a reunir en el cuarto de Ashley para maquillarse y peinarse.

Cuando Ashley se miró en el espejo, se vio de lo más sugerente.

¿Pensaría Gérard que estaba sexy?

No tenía ni idea del tipo de mujer que le gustaba, y el que se hubieran acostado, no significaba que ella lo fuera. Tal vez las prefería menos exuberantes, más sencillas y no tan conocidas. Tampoco estaba pensando en tener una relación a largo plazo, por lo que todo eso en realidad era una tontería. Mejor dejar esas preocupaciones absurdas a un lado. Su vestido corto con un solo tirante asimétrico, era muy seductor. Dejaba sus largas piernas suaves al descubierto y el conjunto lo complementó con unos botines negros con tacón alto. Hoy serían casi de la misma altura, se dijo. Gérard no mediría mucho más de un metro ochenta, por lo que sus zapatos la dejarían esa noche solo unos pocos centímetros por debajo, ya que tampoco era una mujer bajita precisamente.

—¿Creéis que me he pasado un poco?

Su pelo caía con suaves hondas por su hombro derecho, y le daba un aspecto muy sofisticado con el maquillaje suave que había usado, pero aún con todo, era una pequeña fiesta entre amigos en una casa, y no una gala a la que tuviera que asistir de etiqueta.

—Estás preciosa y, es una fiesta, por el amor de Dios —soltó Jenna con infinita paciencia—. Es sábado, así que es motivo más que de sobra para arreglarse. No te preocupes, estás perfecta.

Erika le dio la razón y se miró en el espejo del cuarto de baño detrás de ella.

—No es por nada, pero creo que yo voy mejor que vosotras dos juntas —bromeó.

—Es cierto —admitió Ashley con una amplia sonrisa.

Su amiga llevaba un vestido vaporoso ajustado por la parte del corpiño y con una falda por encima de la rodilla. Tenía unos vivos colores verdes y amarillos y un escote corazón que resultaba muy favorecedor.

Jenna había optado por una falda ajustada negra por la cintura y una blusa blanca de manga larga con un lazo al cuello.

Las dos llevaban tacones altos, estaban guapísimas y elegantes. Listas para pasarlo en grande.

Sus chicos se quedaron embobados cuando bajaron las tres juntas, y Erika y Jenna también estaban babeando por los guapos técnicos de imagen del programa. Todo el equipo había sido invitado a la fiesta, aunque no todos asistieron porque tenían compromisos previos. Lo que sí había era gran cantidad de gente, por lo que el catering optó por un bufet libre y así cada uno podría elegir entre sentarse o comer de pie, ya que la sala de reuniones estaba abarrotada.

Lo pasaron en grande; charlaron, contaron anécdotas y aunque Ashley estaba algo nerviosa por el día siguiente, trató que no se notara. Esa noche debía desconectar de todo. Ya no podía hacer nada para dar marcha atrás a todo lo que había pasado esa semana. Para algunas cosas, no deseaba hacerlo.

Gérard estuvo al lado de Olivia en todo momento, pero se le veía algo callado para estar en una fiesta, y no sabía si era por lo sucedido entre ellos, por su amiga, o porque las multitudes no le gustaban mucho. En cualquier caso, Ashley no podía quitarle la vista de encima, y algunas veces hasta se sentía celosa de que cualquiera de las chicas presentes se le acercaran con demasiada confianza. Ella no se atrevía a mostrarse así con él, porque sentía que podrían juzgarla, o pensar mal. Y lo cierto era que Deborah había mostrado un claro apego por él, lo que tampoco le agradaba.

¿Por qué se sentía tan molesta?

Gérard no manifestó ningún interés especial en ninguna otra. Noemí estaba casada, Paloma no contaba, porque todos sabían que tenía algo con Donovan, Erika y Jenna tenían sus propios ligues, así que solo Miriam, Thais y Deborah parecían competir por su atención.

Por un segundo pensó que estaba haciendo el tonto. Debería acercarse a él, hablar como si nada y así dejar de pensar que otros podrían sacar conclusiones, ya que eso estaba solo en su cabeza. Nadie sabía lo que había ocurrido esa mañana, de modo que no sospecharían que estaban liados por el simple hecho de charlar un rato en una fiesta, ¿o no?
Suspiró de pura frustración. 
[...]



Espero que os haya gustado 😊







¡Felices lecturas!



lunes, 26 de junio de 2017

Amor a fuego lento - Nuevo fragmento

Ha llegado el verano y hace calor... todos lo sabemos pero, ¿que suban las temperaturas tiene que ser siempre tan malo?

Espero poder demostrar que no tiene que ser así 😉

¡Feliz inicio de semana a tod@s!




[...]

Tan puntual como un reloj, Ashley escuchó que alguien entraba y vio que Gérard atravesaba la puerta y la cerraba antes de echar el pestillo por dentro.

La garganta se le secó y forzó una sonrisa educada para que no notara su nerviosismo.

—Buenos días.

—Buenos días —saludó ella, y le tendió su vaso con el café solo y dos azucarillos.

Este le dedicó una amplia sonrisa, le dio las gracias y bebió un trago antes de dejar en vaso en amplia e impoluta isla.

—Bien pues, empecemos —sugirió.

Se miraron en silencio unos largos segundos y Ashley tuvo que señalar lo evidente. Los dos estaban nerviosos, estaba claro, y él se había quedado a cierta distancia.

—Creo que deberías venir a este lado, o te será difícil cocinar desde fuera de la cocina —expuso con un tono burlón.

Gérard sonrió con las mejillas encendidas y se acercó a ella con paso lento. Echó un rápido vistazo al papel donde ella había escrito la receta y acto seguido se lavó las manos para empezar. Se dijo a sí mismo que no tenía prisa por acabar, pero desde luego, tampoco podía fingir que su presencia le pasaba inadvertida. Porque no era así ni por asomo.

Notaba una extraña excitación por cada terminación nerviosa de su cuerpo y hasta sus manos hormigueaban por la necesidad de tocarla; algo que no le había ocurrido nunca con otra mujer. Pero claro, Ashley no era cualquiera, de eso estaba seguro, o no reaccionaría de ese modo en su presencia.

Cuando acabaron sus cafés, tiraron los vasos desechables a la papelera y vio que ella tomaba aire antes de hablar.

Había llegado el momento de empezar a trabajar.

—Primero necesitamos tres moldes redondos de unos quince o dieciocho centímetros —le dijo con tono neutro—. Cogeremos los ingredientes para tenerlos a mano y precalentaremos el horno a 180ºC.

Esa parte era fácil, se dijo Ashley. Se le daba bien la repostería y pocas veces la pifiaba en realidad. Solo unas pocas veces había tenido que tirar a la basura algo que sacó del horno, lo que para ella era hasta doloroso. Hacía cada postre y cada dulce con cariño y esmero, y no le gustaba nada equivocarse, por eso trabajaba todos los ingredientes con cuidado y atención.

Gérard era un ayudante muy bien dispuesto y eso le gustaba. Verle moverse por la cocina era estimulante, y tuvo que reprenderse a sí misma para estar a lo que tenía que estar y no distrayéndose con el movimiento de esos vaqueros ajustados que tan bien le sentaban. Al igual que ella, él también llevaba una camiseta de manga corta, pero de color blanco, y que hacía resaltar un bonito bronceado tostado gracias a las tardes de piscina y sol que habían disfrutado esos días. Sus musculosos brazos captaban su atención con cada movimiento, y lo mismo ocurría con su abdomen plano. Ashley sabía cómo de bien trabajada estaba su tableta de chocolate, y solo de pensarlo se calentaban partes de su cuerpo que a esas alturas deberían estar amaestradas para no ponerse a cien a la menor provocación. Claro que nadie podría culparla por sentir aquello. Gérard tenía un cuerpo maravilloso y esculpido que merecía ser venerado. ¿Cómo no lo iba a hacer ella? El pensar en sus besos ya era pasar a otro nivel.

Era humana, y como tal, tenía sus debilidades.

Al parecer la suya ahora era un francesito amante de la cocina que en ese preciso instante la miraba esperando instrucciones.

Tuvo que bajar de golpe de esa nube de lujuria, y la caída casi la hizo marearse. Volver a la realidad tenía ese efecto en ella.

—Gracias —murmuró cuando vio que tenía todo preparado—. Ahora tamizaremos ciento ochenta gramos de harina, sesenta de cacao y dos cucharaditas de las de café de levadura.

Dejó que Gérard se encargara de la tarea y ella echó una pizca de sal en el bol de cristal donde iban a empezar a trabajar. Se entretuvo unos segundos mirando cómo su bíceps derecho se movía para mezclar los ingredientes con brío.

Ashley pensó en salir de allí un momento y darse una ducha fría, o más bien, congelada, porque eso no era normal. ¿Acaso era una loca del sexo que no podía controlarse? Más le valía centrarse, se riñó para sus adentros. Respiró hondo varias veces y prosiguió.

—Batiremos dos huevos grandes con la mezcladora hasta montarlos y añadiremos doscientos ochenta gramos de azúcar —iba indicando los pasos y Gérard los seguía al pie de la letra y a buen ritmo. Ashley estaba orgullosa de su empeño y alabó su trabajo. Él solo trataba de centrarse y hacerlo bien, pero ella notaba que estaba algo tenso, y una parte de ella pensó que tal vez era por su cercanía. Ignoró esa posibilidad y se obligó a seguir—. Ahora ponemos ciento veinte mililitros de aceite, ciento sesenta de leche y por último, una cucharada de extracto de vainilla en pasta. El agua la añadiremos al final.

Adquirió un ritmo algo rápido para él, y se disculpó.

—Lo siento, es que estoy tan acostumbrada a trabajar sola o con ayudantes con mucha experiencia, que a veces olvido que debo ir más despacio —su voz se fue apagando hasta ser un susurro apenas audible.

Estaban tan cerca, que podían percibir el calor del cuerpo del otro.

—No te preocupes, lo cierto es que me encanta tu pasión… por tu trabajo —dijo él con voz ronca.

—La verdad es que tú no lo haces nada mal —comentó divertida.

—Gracias —dijo complacido.

Le ayudó con las medidas de los líquidos y las fueron echando en la mezcladora.

—Vamos a pararla un momento y a ayudarnos de una espátula para que no se quede todo pegado en los bordes —se la dio y no puso impedimentos para hacerlo. Al fin y al cabo, era su labor, y ella estaba haciendo casi todo el trabajo, pensó Gérard.

Cuando fue a ponerla en marcha de nuevo, Ashley le recordó que la pusiera a velocidad media, aunque dudaba que la mezcla fuera a salir despedida por todas partes otra vez, pero se dijo que era mejor prevenir que curar.

Gérard asintió con una sonrisa avergonzada y dejó que la máquina hiciera su trabajo. Una vez que todo estaba mezclado en el mismo bol, sólidos y líquidos, Ashley le dio el espray antiadherente y lo echó por todo el molde de acero desmontable. Dejó que fuera él quien vertiera la mezcla homogénea que ya olía de maravilla e introdujeron los tres recipientes en el horno.

Ashley metió un dedo en el bol y se lo llevó a la boca. Nunca podía contenerse a probar la masa de bizcocho cruda, y menos si era de chocolate. Era una golosa sin remedio, y no la avergonzaba admitirlo.

Gérard la observó con los ojos muy abiertos. Cuando ella se dio cuenta, se preguntó por qué la miraba de ese modo, y fue entonces cuando pensó en el espectáculo que estaba dando. Ahora fue ella la que se sonrojó.

—Está delicioso, y es que es… irresistible —dijo en voz baja cuando vio que él se acercaba.

—Ya lo veo —susurró.

Él imitó su gesto y se relamió el dedo cubierto de chocolate líquido. A ella se le hizo la boca agua; quería ser la que relamiera su dedo, y todo su cuerpo, ya puestos…

La mirada de él estaba oscurecida, y todo su ser tembló por dentro por su escrutinio.

¿Iba a cometer esa estupidez? Porque lo era, claro que sí, y una muy grande, se recordó.

Cuando percibió que Gérard se inclinaba hacia ella despacio, sin prisa, supo que lo haría. Se lanzaría de lleno a ese error, pero decidió que saberlo al menos la salvaba de ser engullida por él. Tenía claro que no podía ser más que sexo; solo y exclusivamente un lío pasajero para saciar su deseo, su necesidad. Nada más.

Mientras lo tuviera claro, y Gérard también, nada podría ir mal. ¿Verdad?

Dejó de pensar cuando sintió su aliento cerca de sus labios. Se concentró en su masculino y embriagador aroma. Era una mezcla de loción para después del afeitado y alguna colonia muy suave y sexy. Y por supuesto el ingrediente secreto, o no tan secreto; él mismo.

Era una mezcla explosiva como ninguna otra, y Ashley empezaba a derretirse por completo, a rendirse a él, a su deseo mutuo. Cuando sus labios se encontraron, ya no pudo pensar en nada más. Solo sentía, y eso la iba a volver loca por completo. No sabía cómo era posible sentir tantas cosas a la vez, si apenas se estaban tocando. Al menos hasta ese momento.

Las manos de Gérard no la tocaron, sino que se colocaron en la isla de la cocina a ambos lados de su cintura y así quedó atrapada. Deliciosamente atrapada entre el frío mármol y el cálido cuerpo de él.

Su pecho subía y bajaba con rapidez mientras esos expertos y carnosos labios la devoraban con maestría.

Apenas podía creer que alguien tan tímido y a veces hasta retraído, pudiera encerrar ese fuego abrasador en que estaba dispuesta a fundirse por completo. Y cuando dio un paso hacia ella y sus cuerpos se pegaron, soltó un suave gemido que a Gérard le llegó muy, muy hondo.

Su beso se volvió feroz, hambriento, insaciable.

Ashley hacía lo posible por mantener la cordura, pero fue imposible cuando notó la erección de Gérard contra su pelvis. Otro gemido incontrolado y algún gruñido por parte de él era todo lo que se oía.

Se separaron unos instantes para tomar aire y a ella le costó mantener su mirada fija en la suya.

—¿Estás bien? —farfulló con la voz quebrada por la excitación.

Gérard puso su mano bajo su mentón para que le mirara a los ojos. Lo que vio le preocupó.

—Lo siento —dijo separándose—. Sé que debíamos olvidar todo esto pero… la verdad es que no puedo —confesó dando un paso hacia atrás.

Ashley atrapó su camiseta y tiró de ella para que su cuerpo volviera a donde debía estar: pegado al suyo, sin que un solo centímetro pudiera separarles.

—Yo tampoco puedo resistirme, y lo cierto es que eso es lo que me confunde porque… no suele pasarme —meditó un segundo en silencio— nunca —concluyó.

Soltó una risita nerviosa que Gérard imitó enseguida.

—Qué coincidencia —dijo con sorna.

Sonrió para sí mismo.

—Sí. Menuda suerte que los dos estemos en ese… mmm… punto —jadeó ella cuando sintió sus labios en su cuello.

—Hablando de puntos…

Ashley supo que sonreía, no sabía cómo, contra esa parte tan sensible bajo su oreja. Se estremeció con violencia y se abrazó a su espalda. Una espalda fuerte y dura, meditó con la mente nublada cada vez más.

—Creo que he encontrado uno muy interesante —bromeó él con un tono ronco y seductor.

—Eso… parece… —balbuceó jadeante.

Ashley notaba que casi no podía pensar, ni formular una frase coherente, y se dejó llevar. Si aquello estaba mal y tampoco podía acabar bien, ya le daba igual.

—Hueles a canela. Me encanta —susurró contra su oído.

—Se dice que es afrodisíaco —farfulló cuando sus labios empezaron a descender despacio por el cuello de su camiseta.

Sus dedos inquietos rozaron la parte superior de los vaqueros de Gérard y subieron por su espalda. Notó que él también se estremecía allí por donde le tocaba, y sonrió para sus adentros.

Gérard se separó unos centímetros y se quitó la camiseta de un tirón. Ashley se desprendió de la suya y dejó a la vista un sujetador de encaje negro y gris. Vio con satisfacción cómo él se recreaba en su semi desnudez y en sus voluminosos pechos. No eran como esos de las actrices operadas, pero tampoco se podía quejar de su escote bien puesto.

Ashley pasó sus manos por sus pectorales y abdomen y se recreó en su buen físico mientras él la observaba ensimismado. Se humedeció sus labios antes de reclamar los suyos con vehemencia.

Quería más. Mucho más.

Gérard bajó con suavidad los tirantes del sujetador y cuando cayeron, se deshizo del cierre trasero, dejando expuestos sus perfectos pechos. Apenas tuvo un instante para contemplarlos antes de devorar su boca con ansias de nuevo. Ashley puso sus brazos en torno a su cuello y Gérard se excitó aún más al notar sus increíbles pechos contra él.

Ahora solo los separaba de la total desnudez, sus vaqueros. Algo a lo que le iba a poner remedio de inmediato.

Desabrochó el suyo y Ashley se derritió cuando notó sus manos bajando su pantalón. Cuando lo tuvo por los tobillos, ella misma se lo terminó de quitar con los pies y Gérard, agachado en el suelo, la miró con lujuria durante unos largos segundos, haciendo que esta sintiera un nudo en la garganta. Le encantaba cómo la devoraba con solo su mirada, y esa expresión de auténtico deseo.

Había estado con muchos tíos, aunque tampoco con demasiados, y siempre la miraban con avidez, pero no era ni de lejos lo mismo con Gérard. Casi la observaba con ternura, y no solo con la necesidad básica por satisfacer su cuerpo.

Gérard alzó sus manos, sin apartar sus ojos de los suyos, y acarició con delicadeza la parte superior de su tanga de encaje a juego con el sujetador. Ese pequeño roce le puso la piel de gallina y le dedicó una pequeña sonrisa nerviosa cuando él empezó a bajar la prenda sin prisa. Cuando la sacó por sus pies, retiró su mirada para clavarla en la unión entre sus muslos, y allí se recreó un instante demasiado largo para ella.

—Te toca a ti —señaló con sorna.

Él la miró y le lanzó una pícara sonrisa. Se limitó a negar despacio.

—No tan rápida. Antes tengo que ocuparme de un asunto por aquí.

Su voz misma era como una caricia, y cuando sus manos subieron desde sus tobillos hasta sus glúteos, fueron dejando un rastro de fuego a su paso por su sensible piel. Amasó con ternura la redondez de su trasero y sus curiosos dedos viajaron hacia la parte más íntima de su cuerpo desde los dos ángulos.

Ashley no podía creer que fuera a hacer eso allí mismo, porque no era algo que permitiera a sus citas de una sola noche, pero con él no le resultaba tan difícil abrirse en más de un sentido.

Reprimió un grito cuando sus dedos rozaron su monte de Venus y él le pidió con voz ronca que abriera un poco las piernas para él.

Lo hizo sin pensarlo dos veces y se estremeció cuando sus dedos la acariciaron de aquella forma tan íntima, experta y profunda. Uno de sus dedos viajó hasta su interior y Ashley pensó que explotaría de placer. Pero Gérard no tenía intención de dejarlo así, y se acercó aún más para darle placer con su lengua.

Ashley se mordió la suya para no gritar a pleno pulmón, y se sujetó a la encimera porque sus piernas empezaron a flaquear.

Después de solo unos minutos, Ashley creía que terminaría. No era de esas que llegaban al orgasmo con rapidez, pero tampoco se habían empleado de ese modo con ella, lo que era raro, ya que tampoco carecía de imaginación entre las sábanas y le gustaba probar cosas nuevas sin cortarse un pelo.

Esto empezaba a ser todo un descubrimiento.

—Deberías… parar ya… o… me correré… enseguida —balbuceó en voz baja, viéndose incapaz de hablar como un ser humano normal en ese instante.

Gérard soltó una risita complacida y continuó unos segundos, pero luego se apartó, dejándola desamparada y deseosa de más.

—Tienes razón —soltó con aspereza y una mirada intensa—. Ahora prefiero sentirte de otro modo —dijo al ponerse de pie y desabrocharse los pantalones con rapidez.

Se acercó para devorarle los labios con ansias y Ashley pudo notar su propio sabor en ellos y en su cálida y húmeda lengua, que pronto empezó a juguetear con la suya. Gérard la sujetó por la cintura, sin dejar de besarla, y la depositó en la fresca encimera. Por suerte, no todo el espacio de trabajo estaba lleno de trastos y restos de harina. Una vez sentada, él la llevó hasta el borde para tener mejor acceso a su interior y empezó a juguetear con la punta de su miembro en su ya húmeda entrada. Iba a explotar de necesidad si no la penetraba, pensó ella.

Y vaya si lo hizo. De una estocada, la llenó por completo y solo sus besos consiguieron acallar sus ruidosos e incontrolados jadeos.

Las piernas de Ashley rodearon sus caderas y Gérard bombeó sin parar y hasta el fondo, haciéndola enloquecer.

Ashley sintió que algo muy fuerte empezaba a crecer en su interior, y casi sintió miedo de dejarse llevar, y sin embargo lo hizo, porque él no iba a dejar que fuera de otro modo al notar que su cuerpo se tensaba cada vez más.

El ritmo de sus embestidas fue creciendo, igual que el calor en el ambiente y en el interior de cada uno. Las respiraciones eran cada vez más superficiales y erráticas, y los latidos de sus corazones eran frenéticos. Ashley pensó que moriría de placer cuando le sobrevino un torrente de un intenso placer que explotó, arrasándolo todo a su paso.

Gérard no detuvo su movimiento de pelvis y sintió cada espasmo dentro de su vagina, que apretaba su pene sin descanso, haciendo que fuera muy difícil no dejarse llevar. Solo su férreo autocontrol le hizo poder acelerar sin correrse allí mismo, dentro de ella.

Al cabo de un momento, notó que su cuerpo empezaba a serenarse despacio, y fue entonces cuando se retiró con rapidez y ya no pudo reprimir por más tiempo sus instintos. Se derramó fuera, contra el suave muslo de Ashley mientras su frente estaba contra la suya. Fue arrollador, el momento más intenso de su vida.

Un gruñido muy sexy escapó de su garganta y Ashley, con las manos sobre sus hombros, bajó de la encimera cuando él se apartó para dejarle espacio.

Estaban desnudos, agitados y aún excitados, y cuando se miraron a los ojos, su primera reacción fue reír con nerviosismo.

—Creo que tendremos que añadir una limpieza profunda a la tarea para hoy —soltó ella con sorna.

—Y tan profunda —apuntó él cuando echó un vistazo al suelo.

Fue entonces cuando se desató una frenética actividad que nada tenía que ver con el sexo, y casi no pudieron ni recuperar el aliento.

El horno avisó de que había pasado media hora y la cocción había terminado; mientras Gérard se vestía a toda prisa, Ashley se lavó las manos, se puso las manoplas y sacó los bizcochos. Los puso en la encimera y se dispuso a desmoldar para que se enfriaran más rápido sobre una rejilla.

Aprovechó para ponerse su ropa también, ya que no iba a ser un buen método de trabajo andar por la cocina totalmente desnuda.

Con ayuda de Gérard, limpiaron el estropicio que habían armado en el suelo y en parte de la superficie de la isla de la cocina y, con un desinfectante, dejaron el lugar como si allí no hubiera ocurrido nada. Pero sí que había ocurrido, y poco podían hacer para obviarlo. Fue un arrebato de pasión desenfrenada que los dos habían disfrutado, y como adultos, también podían hablar más tarde. Así se lo comentó a Gérard, y este estuvo de acuerdo. Ahora mismo debían acabar con la tarta, y ya que era sábado, tocaba celebrar el cumpleaños de Olivia y descansar un poco. A poder ser, lejos de aparatos electrónicos donde se pudieran leer las últimas noticias sobre cotilleos, pensó Ashley.

—Es hora de ponerse con la cobertura —anunció—, y como esta receta se hace con ganache de chocolate negro, creo que os va a encantar a todos —aseguró con una sonrisa, relamiéndose.

Gérard se había quedado embobado mirando su lengua paseándose con descaro por sus labios y tuvo que sacudir la cabeza para despejarse y centrarse.

Ashley compuso una media sonrisa.

Le pidió los ingredientes que iban a necesitar y se pusieron a trabajar en ello.

—¿Te está resultando complicado?

Gérard dejó de mirar la mezcladora, que ya estaba a punto de acabar con la cobertura de chocolate y la miró sin comprender.

—¿A qué te refieres?

—A la receta, claro —se rió al ver su reacción y no quiso evitar el pincharle un poco—. ¿Crees que te preguntaba… no sé, por ejemplo… si te resultaba difícil trabajar conmigo después de haber follado de manera salvaje?

—Algo así, sí —musitó en voz baja, asombrado, volviéndose para comprobar que todo iba bien.

Ashley le pidió que detuviera la máquina para repasar los bordes del cuenco y luego la puso en marcha unos segundos más antes de darlo por concluido. Tenía un tacto prefecto y súper cremoso.

No volvió a mencionar el tema del sexo mientras montaban las tres capas sobre un soporte para tartas y ponían parte del ganache entre ellas. Cuando los bizcochos estaban bien cubiertos, los metieron en el frigorífico.

—Toca esperar media hora, luego volveremos a poner una capa gruesa de cobertura y pondremos virutas de chocolate por encima.

—Que no se diga que nos va a faltar el ingrediente principal, ¿no? —bromeó.

—Si alguien me dice que desea una tarta de chocolate, es lo que le doy —expuso guiñándole un ojo.

Gérard sonrió y sus mejillas se colorearon enseguida. Ashley pensó que era extraño que un hombre se sintiera avergonzado, o al menos lo pareciera, por el simple hecho de que coqueteara de un modo tan sutil. Después de haberle hecho casi de todo hacía apenas unos minutos, era aún más contradictorio. Parecía otra persona cuando la lujuria tomaba el control de su cuerpo, lo que no dejaba de encenderla a ella. Ya estaba deseando volver a verle en esa faceta tan íntima y desatada.

Después de un instante de silencio en el que Gérard no dejaba de escrutar su rostro sin decir una palabra, fue ella la que interrumpió ese momento.

—Oye, hablando en serio, espero que no te resulte difícil trabajar conmigo de ahora en adelante después de lo que ha ocurrido antes —comentó despacio, midiendo sus palabras.

—Somos adultos y, seguro que podremos hacerlo.

Ashley meditó sus palabras y aunque sabía lo que había querido decir, el doble sentido era demasiado evidente como para dejarlo estar.

—Claro que podremos…

Gérard se rió con timidez, y carraspeó con evidente incomodidad.

—No quiero que puedas tener más problemas con el programa si alguien llegara a enterarse de… esto —tragó saliva con dificultad y Ashley se apiadó de él.

—No te preocupes. Lo cierto es que dudo que puedan pensar que te doy un trato preferencial o algo así. Y de todos modos, no seré yo la que juzgue vuestros postres la última semana del curso. Lo único que trataría de evitar es que la prensa pudiera enterarse de esto y le diera más importancia de la que tiene —meditó en voz alta. Se horrorizó de lo que él pudiera pensar de su último inoportuno pensamiento y quiso retirarlo, pero ya era tarde.

Él habló primero, interrumpiéndola.

—Tranquila, sé a qué te refieres —dijo con voz despreocupada. Ashley se mantuvo callada y seria—. Sé que tu vida ahora mismo es muy complicada, y no querría ser yo quien te lo pusiera más difícil aún.

Ashley asintió y forzó una sonrisa. A pesar de sus palabras, lo cierto era que se sentía mal por si había herido sus sentimientos, porque pareció que a ella solo le importaba su imagen ahora mismo.

—El sexo no es complicado, y sí muy divertido —bromeó.

—¿Durante cuatro semanas y luego todo acabará? —propuso con cautela.

Una aventura con fecha de caducidad, eso sí era algo que Ashley manejaba con facilidad, menos mal, decidió.

—Sin ataduras, sin más implicaciones que las físicas y sin despedidas lacrimógenas —apuntó con una amplia sonrisa.

—Hecho —dijo Gérard.

Le tendió la mano y ella la apretó contra la suya.

Su calidez la envolvió y su mirada la derritió por dentro y por fuera. Se preguntó por una vez en su vida, si una aventura realmente podría ser tan fácil de acabar cuando llegara el momento.

Algo en su interior le decía que con el tiempo lo sabría, sin embargo, no podía evitar tener la sospecha de que nada en la vida era tan sencillo. Al menos ahora no.

[...]


Espero que os haya gustado 😊







¡Felices lecturas!