lunes, 26 de junio de 2017

Amor a fuego lento - Nuevo fragmento

Ha llegado el verano y hace calor... todos lo sabemos pero, ¿que suban las temperaturas tiene que ser siempre tan malo?

Espero poder demostrar que no tiene que ser así 😉

¡Feliz inicio de semana a tod@s!




[...]

Tan puntual como un reloj, Ashley escuchó que alguien entraba y vio que Gérard atravesaba la puerta y la cerraba antes de echar el pestillo por dentro.

La garganta se le secó y forzó una sonrisa educada para que no notara su nerviosismo.

—Buenos días.

—Buenos días —saludó ella, y le tendió su vaso con el café solo y dos azucarillos.

Este le dedicó una amplia sonrisa, le dio las gracias y bebió un trago antes de dejar en vaso en amplia e impoluta isla.

—Bien pues, empecemos —sugirió.

Se miraron en silencio unos largos segundos y Ashley tuvo que señalar lo evidente. Los dos estaban nerviosos, estaba claro, y él se había quedado a cierta distancia.

—Creo que deberías venir a este lado, o te será difícil cocinar desde fuera de la cocina —expuso con un tono burlón.

Gérard sonrió con las mejillas encendidas y se acercó a ella con paso lento. Echó un rápido vistazo al papel donde ella había escrito la receta y acto seguido se lavó las manos para empezar. Se dijo a sí mismo que no tenía prisa por acabar, pero desde luego, tampoco podía fingir que su presencia le pasaba inadvertida. Porque no era así ni por asomo.

Notaba una extraña excitación por cada terminación nerviosa de su cuerpo y hasta sus manos hormigueaban por la necesidad de tocarla; algo que no le había ocurrido nunca con otra mujer. Pero claro, Ashley no era cualquiera, de eso estaba seguro, o no reaccionaría de ese modo en su presencia.

Cuando acabaron sus cafés, tiraron los vasos desechables a la papelera y vio que ella tomaba aire antes de hablar.

Había llegado el momento de empezar a trabajar.

—Primero necesitamos tres moldes redondos de unos quince o dieciocho centímetros —le dijo con tono neutro—. Cogeremos los ingredientes para tenerlos a mano y precalentaremos el horno a 180ºC.

Esa parte era fácil, se dijo Ashley. Se le daba bien la repostería y pocas veces la pifiaba en realidad. Solo unas pocas veces había tenido que tirar a la basura algo que sacó del horno, lo que para ella era hasta doloroso. Hacía cada postre y cada dulce con cariño y esmero, y no le gustaba nada equivocarse, por eso trabajaba todos los ingredientes con cuidado y atención.

Gérard era un ayudante muy bien dispuesto y eso le gustaba. Verle moverse por la cocina era estimulante, y tuvo que reprenderse a sí misma para estar a lo que tenía que estar y no distrayéndose con el movimiento de esos vaqueros ajustados que tan bien le sentaban. Al igual que ella, él también llevaba una camiseta de manga corta, pero de color blanco, y que hacía resaltar un bonito bronceado tostado gracias a las tardes de piscina y sol que habían disfrutado esos días. Sus musculosos brazos captaban su atención con cada movimiento, y lo mismo ocurría con su abdomen plano. Ashley sabía cómo de bien trabajada estaba su tableta de chocolate, y solo de pensarlo se calentaban partes de su cuerpo que a esas alturas deberían estar amaestradas para no ponerse a cien a la menor provocación. Claro que nadie podría culparla por sentir aquello. Gérard tenía un cuerpo maravilloso y esculpido que merecía ser venerado. ¿Cómo no lo iba a hacer ella? El pensar en sus besos ya era pasar a otro nivel.

Era humana, y como tal, tenía sus debilidades.

Al parecer la suya ahora era un francesito amante de la cocina que en ese preciso instante la miraba esperando instrucciones.

Tuvo que bajar de golpe de esa nube de lujuria, y la caída casi la hizo marearse. Volver a la realidad tenía ese efecto en ella.

—Gracias —murmuró cuando vio que tenía todo preparado—. Ahora tamizaremos ciento ochenta gramos de harina, sesenta de cacao y dos cucharaditas de las de café de levadura.

Dejó que Gérard se encargara de la tarea y ella echó una pizca de sal en el bol de cristal donde iban a empezar a trabajar. Se entretuvo unos segundos mirando cómo su bíceps derecho se movía para mezclar los ingredientes con brío.

Ashley pensó en salir de allí un momento y darse una ducha fría, o más bien, congelada, porque eso no era normal. ¿Acaso era una loca del sexo que no podía controlarse? Más le valía centrarse, se riñó para sus adentros. Respiró hondo varias veces y prosiguió.

—Batiremos dos huevos grandes con la mezcladora hasta montarlos y añadiremos doscientos ochenta gramos de azúcar —iba indicando los pasos y Gérard los seguía al pie de la letra y a buen ritmo. Ashley estaba orgullosa de su empeño y alabó su trabajo. Él solo trataba de centrarse y hacerlo bien, pero ella notaba que estaba algo tenso, y una parte de ella pensó que tal vez era por su cercanía. Ignoró esa posibilidad y se obligó a seguir—. Ahora ponemos ciento veinte mililitros de aceite, ciento sesenta de leche y por último, una cucharada de extracto de vainilla en pasta. El agua la añadiremos al final.

Adquirió un ritmo algo rápido para él, y se disculpó.

—Lo siento, es que estoy tan acostumbrada a trabajar sola o con ayudantes con mucha experiencia, que a veces olvido que debo ir más despacio —su voz se fue apagando hasta ser un susurro apenas audible.

Estaban tan cerca, que podían percibir el calor del cuerpo del otro.

—No te preocupes, lo cierto es que me encanta tu pasión… por tu trabajo —dijo él con voz ronca.

—La verdad es que tú no lo haces nada mal —comentó divertida.

—Gracias —dijo complacido.

Le ayudó con las medidas de los líquidos y las fueron echando en la mezcladora.

—Vamos a pararla un momento y a ayudarnos de una espátula para que no se quede todo pegado en los bordes —se la dio y no puso impedimentos para hacerlo. Al fin y al cabo, era su labor, y ella estaba haciendo casi todo el trabajo, pensó Gérard.

Cuando fue a ponerla en marcha de nuevo, Ashley le recordó que la pusiera a velocidad media, aunque dudaba que la mezcla fuera a salir despedida por todas partes otra vez, pero se dijo que era mejor prevenir que curar.

Gérard asintió con una sonrisa avergonzada y dejó que la máquina hiciera su trabajo. Una vez que todo estaba mezclado en el mismo bol, sólidos y líquidos, Ashley le dio el espray antiadherente y lo echó por todo el molde de acero desmontable. Dejó que fuera él quien vertiera la mezcla homogénea que ya olía de maravilla e introdujeron los tres recipientes en el horno.

Ashley metió un dedo en el bol y se lo llevó a la boca. Nunca podía contenerse a probar la masa de bizcocho cruda, y menos si era de chocolate. Era una golosa sin remedio, y no la avergonzaba admitirlo.

Gérard la observó con los ojos muy abiertos. Cuando ella se dio cuenta, se preguntó por qué la miraba de ese modo, y fue entonces cuando pensó en el espectáculo que estaba dando. Ahora fue ella la que se sonrojó.

—Está delicioso, y es que es… irresistible —dijo en voz baja cuando vio que él se acercaba.

—Ya lo veo —susurró.

Él imitó su gesto y se relamió el dedo cubierto de chocolate líquido. A ella se le hizo la boca agua; quería ser la que relamiera su dedo, y todo su cuerpo, ya puestos…

La mirada de él estaba oscurecida, y todo su ser tembló por dentro por su escrutinio.

¿Iba a cometer esa estupidez? Porque lo era, claro que sí, y una muy grande, se recordó.

Cuando percibió que Gérard se inclinaba hacia ella despacio, sin prisa, supo que lo haría. Se lanzaría de lleno a ese error, pero decidió que saberlo al menos la salvaba de ser engullida por él. Tenía claro que no podía ser más que sexo; solo y exclusivamente un lío pasajero para saciar su deseo, su necesidad. Nada más.

Mientras lo tuviera claro, y Gérard también, nada podría ir mal. ¿Verdad?

Dejó de pensar cuando sintió su aliento cerca de sus labios. Se concentró en su masculino y embriagador aroma. Era una mezcla de loción para después del afeitado y alguna colonia muy suave y sexy. Y por supuesto el ingrediente secreto, o no tan secreto; él mismo.

Era una mezcla explosiva como ninguna otra, y Ashley empezaba a derretirse por completo, a rendirse a él, a su deseo mutuo. Cuando sus labios se encontraron, ya no pudo pensar en nada más. Solo sentía, y eso la iba a volver loca por completo. No sabía cómo era posible sentir tantas cosas a la vez, si apenas se estaban tocando. Al menos hasta ese momento.

Las manos de Gérard no la tocaron, sino que se colocaron en la isla de la cocina a ambos lados de su cintura y así quedó atrapada. Deliciosamente atrapada entre el frío mármol y el cálido cuerpo de él.

Su pecho subía y bajaba con rapidez mientras esos expertos y carnosos labios la devoraban con maestría.

Apenas podía creer que alguien tan tímido y a veces hasta retraído, pudiera encerrar ese fuego abrasador en que estaba dispuesta a fundirse por completo. Y cuando dio un paso hacia ella y sus cuerpos se pegaron, soltó un suave gemido que a Gérard le llegó muy, muy hondo.

Su beso se volvió feroz, hambriento, insaciable.

Ashley hacía lo posible por mantener la cordura, pero fue imposible cuando notó la erección de Gérard contra su pelvis. Otro gemido incontrolado y algún gruñido por parte de él era todo lo que se oía.

Se separaron unos instantes para tomar aire y a ella le costó mantener su mirada fija en la suya.

—¿Estás bien? —farfulló con la voz quebrada por la excitación.

Gérard puso su mano bajo su mentón para que le mirara a los ojos. Lo que vio le preocupó.

—Lo siento —dijo separándose—. Sé que debíamos olvidar todo esto pero… la verdad es que no puedo —confesó dando un paso hacia atrás.

Ashley atrapó su camiseta y tiró de ella para que su cuerpo volviera a donde debía estar: pegado al suyo, sin que un solo centímetro pudiera separarles.

—Yo tampoco puedo resistirme, y lo cierto es que eso es lo que me confunde porque… no suele pasarme —meditó un segundo en silencio— nunca —concluyó.

Soltó una risita nerviosa que Gérard imitó enseguida.

—Qué coincidencia —dijo con sorna.

Sonrió para sí mismo.

—Sí. Menuda suerte que los dos estemos en ese… mmm… punto —jadeó ella cuando sintió sus labios en su cuello.

—Hablando de puntos…

Ashley supo que sonreía, no sabía cómo, contra esa parte tan sensible bajo su oreja. Se estremeció con violencia y se abrazó a su espalda. Una espalda fuerte y dura, meditó con la mente nublada cada vez más.

—Creo que he encontrado uno muy interesante —bromeó él con un tono ronco y seductor.

—Eso… parece… —balbuceó jadeante.

Ashley notaba que casi no podía pensar, ni formular una frase coherente, y se dejó llevar. Si aquello estaba mal y tampoco podía acabar bien, ya le daba igual.

—Hueles a canela. Me encanta —susurró contra su oído.

—Se dice que es afrodisíaco —farfulló cuando sus labios empezaron a descender despacio por el cuello de su camiseta.

Sus dedos inquietos rozaron la parte superior de los vaqueros de Gérard y subieron por su espalda. Notó que él también se estremecía allí por donde le tocaba, y sonrió para sus adentros.

Gérard se separó unos centímetros y se quitó la camiseta de un tirón. Ashley se desprendió de la suya y dejó a la vista un sujetador de encaje negro y gris. Vio con satisfacción cómo él se recreaba en su semi desnudez y en sus voluminosos pechos. No eran como esos de las actrices operadas, pero tampoco se podía quejar de su escote bien puesto.

Ashley pasó sus manos por sus pectorales y abdomen y se recreó en su buen físico mientras él la observaba ensimismado. Se humedeció sus labios antes de reclamar los suyos con vehemencia.

Quería más. Mucho más.

Gérard bajó con suavidad los tirantes del sujetador y cuando cayeron, se deshizo del cierre trasero, dejando expuestos sus perfectos pechos. Apenas tuvo un instante para contemplarlos antes de devorar su boca con ansias de nuevo. Ashley puso sus brazos en torno a su cuello y Gérard se excitó aún más al notar sus increíbles pechos contra él.

Ahora solo los separaba de la total desnudez, sus vaqueros. Algo a lo que le iba a poner remedio de inmediato.

Desabrochó el suyo y Ashley se derritió cuando notó sus manos bajando su pantalón. Cuando lo tuvo por los tobillos, ella misma se lo terminó de quitar con los pies y Gérard, agachado en el suelo, la miró con lujuria durante unos largos segundos, haciendo que esta sintiera un nudo en la garganta. Le encantaba cómo la devoraba con solo su mirada, y esa expresión de auténtico deseo.

Había estado con muchos tíos, aunque tampoco con demasiados, y siempre la miraban con avidez, pero no era ni de lejos lo mismo con Gérard. Casi la observaba con ternura, y no solo con la necesidad básica por satisfacer su cuerpo.

Gérard alzó sus manos, sin apartar sus ojos de los suyos, y acarició con delicadeza la parte superior de su tanga de encaje a juego con el sujetador. Ese pequeño roce le puso la piel de gallina y le dedicó una pequeña sonrisa nerviosa cuando él empezó a bajar la prenda sin prisa. Cuando la sacó por sus pies, retiró su mirada para clavarla en la unión entre sus muslos, y allí se recreó un instante demasiado largo para ella.

—Te toca a ti —señaló con sorna.

Él la miró y le lanzó una pícara sonrisa. Se limitó a negar despacio.

—No tan rápida. Antes tengo que ocuparme de un asunto por aquí.

Su voz misma era como una caricia, y cuando sus manos subieron desde sus tobillos hasta sus glúteos, fueron dejando un rastro de fuego a su paso por su sensible piel. Amasó con ternura la redondez de su trasero y sus curiosos dedos viajaron hacia la parte más íntima de su cuerpo desde los dos ángulos.

Ashley no podía creer que fuera a hacer eso allí mismo, porque no era algo que permitiera a sus citas de una sola noche, pero con él no le resultaba tan difícil abrirse en más de un sentido.

Reprimió un grito cuando sus dedos rozaron su monte de Venus y él le pidió con voz ronca que abriera un poco las piernas para él.

Lo hizo sin pensarlo dos veces y se estremeció cuando sus dedos la acariciaron de aquella forma tan íntima, experta y profunda. Uno de sus dedos viajó hasta su interior y Ashley pensó que explotaría de placer. Pero Gérard no tenía intención de dejarlo así, y se acercó aún más para darle placer con su lengua.

Ashley se mordió la suya para no gritar a pleno pulmón, y se sujetó a la encimera porque sus piernas empezaron a flaquear.

Después de solo unos minutos, Ashley creía que terminaría. No era de esas que llegaban al orgasmo con rapidez, pero tampoco se habían empleado de ese modo con ella, lo que era raro, ya que tampoco carecía de imaginación entre las sábanas y le gustaba probar cosas nuevas sin cortarse un pelo.

Esto empezaba a ser todo un descubrimiento.

—Deberías… parar ya… o… me correré… enseguida —balbuceó en voz baja, viéndose incapaz de hablar como un ser humano normal en ese instante.

Gérard soltó una risita complacida y continuó unos segundos, pero luego se apartó, dejándola desamparada y deseosa de más.

—Tienes razón —soltó con aspereza y una mirada intensa—. Ahora prefiero sentirte de otro modo —dijo al ponerse de pie y desabrocharse los pantalones con rapidez.

Se acercó para devorarle los labios con ansias y Ashley pudo notar su propio sabor en ellos y en su cálida y húmeda lengua, que pronto empezó a juguetear con la suya. Gérard la sujetó por la cintura, sin dejar de besarla, y la depositó en la fresca encimera. Por suerte, no todo el espacio de trabajo estaba lleno de trastos y restos de harina. Una vez sentada, él la llevó hasta el borde para tener mejor acceso a su interior y empezó a juguetear con la punta de su miembro en su ya húmeda entrada. Iba a explotar de necesidad si no la penetraba, pensó ella.

Y vaya si lo hizo. De una estocada, la llenó por completo y solo sus besos consiguieron acallar sus ruidosos e incontrolados jadeos.

Las piernas de Ashley rodearon sus caderas y Gérard bombeó sin parar y hasta el fondo, haciéndola enloquecer.

Ashley sintió que algo muy fuerte empezaba a crecer en su interior, y casi sintió miedo de dejarse llevar, y sin embargo lo hizo, porque él no iba a dejar que fuera de otro modo al notar que su cuerpo se tensaba cada vez más.

El ritmo de sus embestidas fue creciendo, igual que el calor en el ambiente y en el interior de cada uno. Las respiraciones eran cada vez más superficiales y erráticas, y los latidos de sus corazones eran frenéticos. Ashley pensó que moriría de placer cuando le sobrevino un torrente de un intenso placer que explotó, arrasándolo todo a su paso.

Gérard no detuvo su movimiento de pelvis y sintió cada espasmo dentro de su vagina, que apretaba su pene sin descanso, haciendo que fuera muy difícil no dejarse llevar. Solo su férreo autocontrol le hizo poder acelerar sin correrse allí mismo, dentro de ella.

Al cabo de un momento, notó que su cuerpo empezaba a serenarse despacio, y fue entonces cuando se retiró con rapidez y ya no pudo reprimir por más tiempo sus instintos. Se derramó fuera, contra el suave muslo de Ashley mientras su frente estaba contra la suya. Fue arrollador, el momento más intenso de su vida.

Un gruñido muy sexy escapó de su garganta y Ashley, con las manos sobre sus hombros, bajó de la encimera cuando él se apartó para dejarle espacio.

Estaban desnudos, agitados y aún excitados, y cuando se miraron a los ojos, su primera reacción fue reír con nerviosismo.

—Creo que tendremos que añadir una limpieza profunda a la tarea para hoy —soltó ella con sorna.

—Y tan profunda —apuntó él cuando echó un vistazo al suelo.

Fue entonces cuando se desató una frenética actividad que nada tenía que ver con el sexo, y casi no pudieron ni recuperar el aliento.

El horno avisó de que había pasado media hora y la cocción había terminado; mientras Gérard se vestía a toda prisa, Ashley se lavó las manos, se puso las manoplas y sacó los bizcochos. Los puso en la encimera y se dispuso a desmoldar para que se enfriaran más rápido sobre una rejilla.

Aprovechó para ponerse su ropa también, ya que no iba a ser un buen método de trabajo andar por la cocina totalmente desnuda.

Con ayuda de Gérard, limpiaron el estropicio que habían armado en el suelo y en parte de la superficie de la isla de la cocina y, con un desinfectante, dejaron el lugar como si allí no hubiera ocurrido nada. Pero sí que había ocurrido, y poco podían hacer para obviarlo. Fue un arrebato de pasión desenfrenada que los dos habían disfrutado, y como adultos, también podían hablar más tarde. Así se lo comentó a Gérard, y este estuvo de acuerdo. Ahora mismo debían acabar con la tarta, y ya que era sábado, tocaba celebrar el cumpleaños de Olivia y descansar un poco. A poder ser, lejos de aparatos electrónicos donde se pudieran leer las últimas noticias sobre cotilleos, pensó Ashley.

—Es hora de ponerse con la cobertura —anunció—, y como esta receta se hace con ganache de chocolate negro, creo que os va a encantar a todos —aseguró con una sonrisa, relamiéndose.

Gérard se había quedado embobado mirando su lengua paseándose con descaro por sus labios y tuvo que sacudir la cabeza para despejarse y centrarse.

Ashley compuso una media sonrisa.

Le pidió los ingredientes que iban a necesitar y se pusieron a trabajar en ello.

—¿Te está resultando complicado?

Gérard dejó de mirar la mezcladora, que ya estaba a punto de acabar con la cobertura de chocolate y la miró sin comprender.

—¿A qué te refieres?

—A la receta, claro —se rió al ver su reacción y no quiso evitar el pincharle un poco—. ¿Crees que te preguntaba… no sé, por ejemplo… si te resultaba difícil trabajar conmigo después de haber follado de manera salvaje?

—Algo así, sí —musitó en voz baja, asombrado, volviéndose para comprobar que todo iba bien.

Ashley le pidió que detuviera la máquina para repasar los bordes del cuenco y luego la puso en marcha unos segundos más antes de darlo por concluido. Tenía un tacto prefecto y súper cremoso.

No volvió a mencionar el tema del sexo mientras montaban las tres capas sobre un soporte para tartas y ponían parte del ganache entre ellas. Cuando los bizcochos estaban bien cubiertos, los metieron en el frigorífico.

—Toca esperar media hora, luego volveremos a poner una capa gruesa de cobertura y pondremos virutas de chocolate por encima.

—Que no se diga que nos va a faltar el ingrediente principal, ¿no? —bromeó.

—Si alguien me dice que desea una tarta de chocolate, es lo que le doy —expuso guiñándole un ojo.

Gérard sonrió y sus mejillas se colorearon enseguida. Ashley pensó que era extraño que un hombre se sintiera avergonzado, o al menos lo pareciera, por el simple hecho de que coqueteara de un modo tan sutil. Después de haberle hecho casi de todo hacía apenas unos minutos, era aún más contradictorio. Parecía otra persona cuando la lujuria tomaba el control de su cuerpo, lo que no dejaba de encenderla a ella. Ya estaba deseando volver a verle en esa faceta tan íntima y desatada.

Después de un instante de silencio en el que Gérard no dejaba de escrutar su rostro sin decir una palabra, fue ella la que interrumpió ese momento.

—Oye, hablando en serio, espero que no te resulte difícil trabajar conmigo de ahora en adelante después de lo que ha ocurrido antes —comentó despacio, midiendo sus palabras.

—Somos adultos y, seguro que podremos hacerlo.

Ashley meditó sus palabras y aunque sabía lo que había querido decir, el doble sentido era demasiado evidente como para dejarlo estar.

—Claro que podremos…

Gérard se rió con timidez, y carraspeó con evidente incomodidad.

—No quiero que puedas tener más problemas con el programa si alguien llegara a enterarse de… esto —tragó saliva con dificultad y Ashley se apiadó de él.

—No te preocupes. Lo cierto es que dudo que puedan pensar que te doy un trato preferencial o algo así. Y de todos modos, no seré yo la que juzgue vuestros postres la última semana del curso. Lo único que trataría de evitar es que la prensa pudiera enterarse de esto y le diera más importancia de la que tiene —meditó en voz alta. Se horrorizó de lo que él pudiera pensar de su último inoportuno pensamiento y quiso retirarlo, pero ya era tarde.

Él habló primero, interrumpiéndola.

—Tranquila, sé a qué te refieres —dijo con voz despreocupada. Ashley se mantuvo callada y seria—. Sé que tu vida ahora mismo es muy complicada, y no querría ser yo quien te lo pusiera más difícil aún.

Ashley asintió y forzó una sonrisa. A pesar de sus palabras, lo cierto era que se sentía mal por si había herido sus sentimientos, porque pareció que a ella solo le importaba su imagen ahora mismo.

—El sexo no es complicado, y sí muy divertido —bromeó.

—¿Durante cuatro semanas y luego todo acabará? —propuso con cautela.

Una aventura con fecha de caducidad, eso sí era algo que Ashley manejaba con facilidad, menos mal, decidió.

—Sin ataduras, sin más implicaciones que las físicas y sin despedidas lacrimógenas —apuntó con una amplia sonrisa.

—Hecho —dijo Gérard.

Le tendió la mano y ella la apretó contra la suya.

Su calidez la envolvió y su mirada la derritió por dentro y por fuera. Se preguntó por una vez en su vida, si una aventura realmente podría ser tan fácil de acabar cuando llegara el momento.

Algo en su interior le decía que con el tiempo lo sabría, sin embargo, no podía evitar tener la sospecha de que nada en la vida era tan sencillo. Al menos ahora no.

[...]


Espero que os haya gustado 😊







¡Felices lecturas!



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